¿Quién decide lo que es justo?
Hoy llamamos «sofisma» a un argumento tramposo. Pero los primeros sofistas no eran tramposos: eran los profesores de la democracia. Y su crítico más famoso, Sócrates, no escribió una sola línea. Déjame presentarte a los hombres que bajaron la filosofía del cielo a la plaza.
Los primeros filósofos miraban al cosmos. Se preguntaban de qué está hecho el mundo y qué ley lo gobierna. A mediados del siglo V a. C. la pregunta cambió de sitio. Ya no interesaba tanto el orden de las estrellas como el orden de la ciudad: qué es justo, quién manda, cómo se convence a una asamblea.
El cambio tiene una explicación sencilla. En Atenas, cualquier ciudadano podía votar las leyes, ir a la guerra que esas leyes declaraban y defenderse él mismo ante un tribunal. Saber hablar se convirtió en una cuestión de poder, y a veces de vida o muerte. Alguien tenía que enseñarlo.
Sobre los sofistas tenemos un problema parecido al de los presocráticos: casi todo lo que sabemos de ellos lo contó su gran adversario, Platón. Y de Sócrates, que no escribió nada, sabemos lo que contaron sus discípulos, que lo admiraban, y un cómico, que se reía de él.
La ciudad que habla
Desde el 508 a. C., con las reformas de Clístenes, Atenas se gobernaba por asamblea. Varias veces al mes, miles de ciudadanos subían a la colina de la Pnix para debatir y votar. No había partidos ni abogados: cada uno hablaba por sí mismo. Eso sí, «ciudadano» quería decir varón adulto, libre e hijo de atenienses; las mujeres, los esclavos y los extranjeros quedaban fuera.
La escuela de Grecia
A mediados de siglo, Atenas es la ciudad más rica y poderosa del mundo griego. La dirige Pericles, que la llamó «la escuela de Grecia». Con el tesoro de sus aliados se levanta el Partenón. Y a la ciudad acude gente de todas partes con algo que vender: también saber.
Profesores que viajan
Los sofistas no eran atenienses. Protágoras venía de Abdera, en Tracia; Gorgias, de Leontinos, en Sicilia; Pródico, de la isla de Ceos; Hipias, de Élide; Trasímaco, de Calcedonia, a orillas del Bósforo. Iban de ciudad en ciudad dando lecciones y conferencias. Y cobraban, a veces mucho.
Un embajador que deslumbra
En el 427 a. C. Gorgias llegó a Atenas como embajador de su ciudad para pedir ayuda contra Siracusa. Según el historiador Diodoro, su manera de hablar, llena de ritmos y antítesis, dejó boquiabierta a la asamblea. Consiguió la alianza y se quedó dando clases.
Guerra y peste
Mientras tanto, Atenas y Esparta se desangraban en la guerra del Peloponeso. En el 430 a. C. una peste mató a una parte enorme de la población, Pericles incluido. Fue un tiempo de crisis, y en las crisis se discute qué es justo y quién tiene derecho a mandar.
Un juicio en Atenas
Atenas perdió la guerra en el 404 a. C. Tras un año de tiranía oligárquica, volvió la democracia. Y fue esa democracia restaurada la que, en el 399 a. C., juzgó y condenó a muerte a un ateniense de setenta años que se pasaba el día haciendo preguntas: Sócrates.


Sabios a sueldo
«Sofista» viene de sophós, sabio, y al principio era un elogio. Los sofistas prometían enseñar la , la excelencia, que hasta entonces se daba por cosa de familias nobles: se nacía con ella. Si se podía aprender, cualquiera con dinero para pagar al maestro podía llegar a destacar en la asamblea.
A Platón eso le parecía escandaloso: cobrar por la sabiduría era convertirla en mercancía. Su retrato de los sofistas como vendedores de trucos es el que ha llegado hasta nosotros. Los historiadores de hoy lo matizan: eran, más bien, los educadores que una democracia necesitaba.

¿Quién hace la ley?
Los presocráticos buscaban el arché de la naturaleza, su principio. Los sofistas buscaron el principio de la ciudad. Y ese principio tenía nombre: el , la ley.
Del cosmos a la ciudad
Para los primeros filósofos, la physis era todo lo que hay, y la ciudad solo una parte de ella. Con los sofistas y Sócrates el centro se desplaza. La pregunta ya no es de qué está hecho el mundo, sino cómo hay que vivir juntos. La ética y la política pasan al primer plano, y con ellas el lenguaje.
La ley es un acuerdo
La mayoría de los sofistas, con Protágoras y Gorgias a la cabeza, pensaban que las leyes no vienen de los dioses ni de un orden eterno. Son : acuerdos a los que llegan los ciudadanos tras debatir en la asamblea. Por eso cambian de una ciudad a otra, y por eso se pueden cambiar.
La ley del más fuerte
Una minoría respondió de otra forma. Mirad a los animales, decían: en la manada manda el más fuerte. Esa es la ley de la naturaleza, y las leyes humanas solo la disfrazan. En la República de Platón, Trasímaco afirma que «lo justo no es otra cosa que lo que conviene al más fuerte». Es el en su versión más dura.
Nómos contra physis
La oposición entre nómos y physis recorre toda la sofística, con matices. Antifonte escribió que las leyes son pactos y la naturaleza, necesidad. Hipias llamó a la ley «tirana de los hombres», porque separa a los que la naturaleza hizo iguales. Entre los dos extremos cabían, y caben, muchas posiciones intermedias.
«Si los asuntos de la ciudad ya estuvieran definidos de una vez para siempre, ¿para qué discutir en la asamblea?»La pregunta de fondo de los sofistas, en palabras de hoy
No es casual que la versión convencionalista fuera la mayoritaria. La sofística es hija de la democracia: sin asamblea no hay nada que debatir y nadie a quien convencer. Los sofistas que alababan la ley del más fuerte, en cambio, no parecen muy demócratas. Algunos de los personajes que Platón les atribuye acaban defendiendo la tiranía.
La medida de todas las cosas
Los dos grandes sofistas dejaron dos frases que todavía se discuten. Una parece decir que todo es relativo; la otra, que nada existe. Ninguna de las dos significa exactamente eso.
El hombre es la medida
«El hombre es la medida de todas las cosas, de las que son en cuanto que son y de las que no son en cuanto que no son.» Platón la explica con un ejemplo: sopla el mismo viento y uno tiene frío y otro, calor. ¿Quién tiene razón? Los dos. No hay un punto de vista desde ninguna parte. Es lo que hoy llamamos .
Dos argumentos
Según Diógenes Laercio, Protágoras fue el primero en decir que sobre cada cosa hay dos argumentos opuestos. Enseñaba a sus alumnos a defender las dos posturas y a «hacer más fuerte el argumento más débil». A sus críticos les sonaba a cinismo. Visto desde la asamblea, era un entrenamiento para el debate.
Tres tesis
Gorgias encadenó tres frases. Nada es. Si algo fuera, no podría conocerse. Y si se conociera, no podría comunicarse a otro. Suena a broma, pero tiene un blanco preciso: el «ser» de los filósofos, una realidad absoluta, eterna y fija. Gorgias no niega que haya cosas ni que podamos saber de ellas; niega que ese saber pueda ser absoluto.
La palabra, gran soberana
Si no hay verdad absoluta que imponer, solo queda convencer. En su Encomio de Helena, Gorgias llama a la palabra «un gran soberano que, con un cuerpo pequeñísimo e invisible, realiza obras divinas». La , el arte de persuadir, era para él la herramienta de una ciudad de opiniones plurales.

El mozo de la leña
Aulo Gelio cuenta que Protágoras, de joven, se ganaba la vida cargando leña. Un día Demócrito, paisano suyo, vio con qué ingenio había atado el haz y se lo llevó como discípulo. Es casi seguro una invención: Protágoras era mayor que Demócrito. Pero dice algo cierto de los sofistas: el talento, no la cuna, podía abrirte camino.
La política tampoco le fue ajena. Según la tradición, Pericles le encargó las leyes de Turios, una colonia que Atenas fundó en el sur de Italia en el 444 a. C.
¿Por qué tanto empeño en negar que exista una verdad absoluta sobre lo justo? La razón de fondo es política. Si la justicia tuviera una esencia fija y unos pocos la conocieran, no haría falta asamblea: bastaría con obedecer a los que saben. Es la versión antigua de un debate muy actual, el del gobierno de los expertos frente al gobierno del pueblo. Y no conviene confundir pluralismo con arbitrariedad: que las leyes sean humanas no quiere decir que cualquier ley valga lo mismo.
Solo sé que no sé
Sócrates era ateniense, hijo de un escultor y de una comadrona. Combatió como soldado de infantería en la guerra del Peloponeso. No cobraba, no tenía escuela y no escribió nada: se pasaba el día en la plaza y en los gimnasios, preguntando. Para muchos atenienses era un sofista más, el más pesado de todos. Él se veía como lo contrario.
La ironía
Un amigo suyo preguntó al oráculo de Delfos si había alguien más sabio que Sócrates, y la sacerdotisa respondió que no. Sócrates, desconcertado, fue a hablar con los que pasaban por sabios. Descubrió que creían saber lo que no sabían. Él, al menos, sabía que no sabía. Esa ignorancia fingida o asumida con la que empezaba sus diálogos es la .
La mayéutica
Después venían las preguntas. ¿Qué es la justicia? Devolver lo que se debe, responde alguien. ¿También devolverle un arma a un amigo que ha enloquecido? Y así una definición tras otra, cada vez más cerca y nunca del todo. Sócrates decía practicar el oficio de su madre, la : ayudar a los demás a dar a luz la verdad.
¿Qué es…?
Lo que Sócrates buscaba no eran ejemplos, sino definiciones: no un acto justo, sino qué tienen en común todos los actos justos. Una definición válida siempre y para todos, tan firme como una demostración matemática. Frente a la de los sofistas, la . Platón, su discípulo, llevaría esa búsqueda hasta el mundo de las Ideas.
Nadie hace el mal a sabiendas
¿Para qué sirve definir la justicia? Para ser justo. Sócrates creía que quien sabe de verdad lo que es el bien lo hace, y que hacer el bien es el camino de la felicidad. Si alguien obra mal es por ignorancia, no por maldad. Es el , una idea muy optimista sobre el ser humano: el mal se cura enseñando.
Conócete a ti mismo
En el templo de Apolo en Delfos había una inscripción: «Conócete a ti mismo». Sócrates la hizo suya. Pero ¿qué somos? No el cuerpo, que es solo nuestro instrumento, sino la , el alma. Cuidar del alma era la primera tarea de cada uno. Este dualismo de alma y cuerpo, que Platón desarrolló, tendría una larguísima historia.

Feo como un sileno
Para los griegos, lo bello y lo bueno iban juntos. Sócrates rompía la regla: calvo, chato, de ojos saltones y barriga prominente. En el Banquete de Platón, Alcibíades lo compara con las figuras de silenos que vendían los artesanos: feas por fuera, pero que al abrirlas guardaban dentro imágenes de dioses.
Conocemos a Sócrates por tres fuentes que no coinciden. Platón lo convirtió en el protagonista de sus diálogos; Jenofonte, en un hombre práctico y piadoso; Aristófanes, en Las nubes, en un charlatán colgado en una cesta. Todo lo que decimos de él es una reconstrucción.


La cicuta
En la primavera del 399 a. C., tres ciudadanos, Meleto, Ánito y Licón, acusaron a Sócrates de no reconocer a los dioses de la ciudad, de introducir divinidades nuevas y de corromper a los jóvenes. Detrás había algo más: entre sus antiguos acompañantes estaban Alcibíades, que traicionó a Atenas, y Critias, el jefe de los Treinta Tiranos.
Un jurado de 501 ciudadanos lo declaró culpable por una diferencia de unos sesenta votos. Cuando le tocó proponer una pena, Sócrates pidió con ironía que la ciudad lo mantuviera gratis, como a los campeones olímpicos. Lo condenaron a muerte.

Obedecer una ley injusta
Sus amigos le prepararon la huida. Sócrates se negó. Según el Critón de Platón, razonó que había vivido toda su vida bajo las leyes de Atenas y que no podía romperlas ahora que le perjudicaban. Bebió la cicuta rodeado de sus discípulos. Sus últimas palabras, según el Fedón, fueron un encargo: «Critón, le debemos un gallo a Asclepio».
Su muerte fue también un argumento. Mostraba lo que ocurre cuando una ciudad juzga movida por el interés y el miedo. Platón, que tenía veintitantos años, nunca lo olvidó: su filosofía política nace en buena parte de ese juicio.
Opinión o saber
Los sofistas · dóxa
- La ley es una convención: la hacen los ciudadanos.
- La verdad sobre lo justo no es absoluta; hay opiniones mejores y peores.
- El método es la retórica: persuadir.
- Enseñan a cambio de dinero, a quien pueda pagar.
- Su ciudad ideal es la asamblea que debate.
Sócrates · epistéme
- La justicia tiene una esencia que se puede definir.
- La verdad es una, aunque sea difícil de alcanzar.
- El método es el diálogo: preguntar y refutar.
- Pregunta gratis, a cualquiera, en la calle.
- Su ciudad ideal es la que se gobierna por el saber.
El contraste es útil, pero no hay que exagerarlo. Sócrates compartía con los sofistas el interés por el lenguaje, la ética y la política, y discutía con ellos como entre colegas. Lo que los separaba era la respuesta a una pregunta: si existe o no una verdad sobre lo justo que esté por encima del debate.
Las vidas de los sofistas y de Sócrates
Fechas aproximadas. En tinta oscura, Sócrates; en tono claro, los tres autores que nos lo han contado. La línea discontinua marca el año de su muerte, el 399 a. C.
Una discusión que sigue abierta
La historia la escribieron los vencedores, y en filosofía el vencedor fue Platón. Durante siglos, los sofistas fueron los malos de la película: charlatanes que vendían trucos para ganar discusiones. Desde el siglo XIX, y sobre todo en el XX, se les ha devuelto su lugar como pensadores serios del lenguaje, de la ley y de la democracia.
La pregunta que los enfrentó a Sócrates sigue sin resolverse. ¿Hay una verdad sobre lo justo que los que saben pueden descubrir? ¿O lo justo es lo que una comunidad decide, después de discutirlo, y puede volver a discutir? Cada vez que debatimos sobre expertos y votantes, estamos todavía en el ágora de Atenas. Platón tomó partido, y ese será el siguiente mapa.
Los sofistas enseñaron a ganar una discusión. Sócrates, a perderla.
Las fechas clave
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Trece palabras para entender a los sofistas y a Sócrates
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