¿De qué está hecho el mundo?
Hace dos mil seiscientos años, en una ciudad de la costa de la actual Turquía, alguien dejó de preguntar qué dios había hecho el mundo y empezó a preguntar de qué estaba hecho. Esa pregunta cambió la historia de la filosofía. Déjame presentarte a los primeros filósofos: los presocráticos.
Antes de la filosofía ya había respuestas. Hesíodo contaba que al principio fue el Caos, y después la Tierra y el Amor; que Zeus venció a los Titanes y repartió el mundo entre los dioses. Esas historias explicaban el origen de todo, pero no admitían preguntas: se aceptaban o no.
A comienzos del siglo VI a. C. algo cambió. Unos cuantos griegos empezaron a buscar el orden del mundo dentro del propio mundo, en vez de en la voluntad de los dioses, y a defender sus respuestas con argumentos que otros podían discutir. Es lo que se suele llamar el paso del mito al , de la narración a la razón. No fue un salto limpio, porque los primeros filósofos siguieron hablando de lo divino, pero fue el comienzo de la filosofía y de la ciencia.
De ellos apenas conservamos nada: unas pocas frases sueltas, citadas siglos después por autores que a veces no los entendían o no estaban de acuerdo con ellos. Con esos fragmentos hay que reconstruir un pensamiento entero. Por eso casi todo lo que sigue lleva un «según la tradición».
Del mito al lógos
La filosofía no nació en Atenas, sino en la periferia del mundo griego: en las ciudades comerciales de Jonia, en la costa de Asia Menor, y después en las colonias del sur de Italia y Sicilia. Eran puertos ricos, en contacto con Egipto, Fenicia y Babilonia, donde se cruzaban mercancías, lenguas y dioses distintos. Quizá por eso allí era más fácil sospechar que los mitos propios no eran los únicos posibles.
Un mundo de ciudades
Grecia no era un país, sino cientos de ciudades independientes, las póleis, repartidas por las costas del Mediterráneo y del mar Negro. Compartían lengua, dioses y juegos, y competían entre sí en casi todo lo demás.
Mileto
La primera escena es Mileto, el gran puerto de Jonia, con decenas de colonias propias. Allí vivieron los tres primeros filósofos: Tales, Anaximandro y Anaxímenes. Muy cerca, en Éfeso, pensaría Heráclito; en Samos nació Pitágoras, y en Colofón, Jenófanes.
Hacia el oeste
Cuando los persas conquistaron Jonia, muchos griegos emigraron. Pitágoras se instaló en Crotona, en el sur de Italia, y fundó allí su comunidad. Jenófanes anduvo errante por las colonias de Occidente durante décadas.
La Magna Grecia
Las colonias del sur de Italia y de Sicilia, tan ricas que se las llamó la «Gran Grecia», tomaron el relevo. En Elea enseñó Parménides; en Agrigento vivió Empédocles. Sus templos, como los de Paestum, siguen en pie.
Atenas y Abdera
Los persas arrasaron Mileto en el 494 a. C. Medio siglo después, Anaxágoras llevó la filosofía jonia de Clazómenas a Atenas, la nueva capital del mundo griego. En Abdera, en Tracia, Leucipo y Demócrito imaginaron los átomos.


Amigos de la sabiduría
La tradición atribuye a Pitágoras la palabra philosophía: no se llamaba a sí mismo sabio, sophós, sino amigo de la sabiduría, alguien que la busca porque no la tiene. Sea o no cierta la anécdota, describe bien lo que hacían. Ninguno de ellos tenía un libro sagrado ni una casta de sacerdotes detrás: tenían preguntas, observaciones y argumentos, y discutían con los que habían venido antes.
No sabemos cómo eran. Los retratos de filósofos que conservamos son copias romanas, hechas siglos después, de un tipo ideal: barba, frente arrugada, mirada perdida.

Un solo principio
Todos los primeros filósofos se hicieron, en el fondo, la misma pregunta: ¿cuál es el de la ? Las dos palabras necesitan explicación. Y los tres de Mileto dieron la misma clase de respuesta: hay un solo principio.
Physis y arché
Physis, de donde viene «física», no es solo la naturaleza: es todo lo que hay, y todo lo que hay cambia, nace, crece y muere. El arché es lo que está en el centro de ese cambio. La palabra tiene dos sentidos: origen, aquello de lo que todo viene, y principio, aquello que lo gobierna. De ahí vienen «arqueología» y «monarquía».
Todo es agua
Tales de Mileto, el primero de la lista, dijo que el arché es el agua. Quizá porque el agua es la única cosa que se ve en tres estados, hielo, líquido y vapor, y podía ser el origen de las demás. O porque sin agua no hay vida: hoy buscamos agua en Marte por la misma razón. Según Aristóteles, también dijo que «todo está lleno de dioses».
Lo indeterminado
Su discípulo Anaximandro fue más lejos: el principio no puede ser ninguno de los elementos, porque entonces los demás no tendrían sitio. Lo llamó , lo indeterminado, lo que no tiene límites. De él nacen los mundos y a él vuelven, «pagando unos a otros la pena de su injusticia según el orden del tiempo».
Aire que se condensa
Anaxímenes volvió a un elemento, el aire, pero añadió algo decisivo: un mecanismo. Al enrarecerse, el aire se vuelve fuego; al condensarse, viento, nube, agua, tierra y piedra. Por primera vez, las diferencias de calidad se explicaban con diferencias de cantidad.

Mirar al cielo
Platón cuenta que Tales, por ir mirando las estrellas, se cayó a un pozo, y que una criada tracia se rio de él: quería saber lo que pasaba en el cielo y no veía lo que tenía a los pies. Aristóteles cuenta lo contrario: que, para demostrar que la filosofía podía ser útil, previó una gran cosecha de aceitunas, alquiló todas las almazaras de la comarca y se hizo rico. Las dos anécdotas son probablemente inventadas. Las dos dicen mucho de cómo se veía a los primeros filósofos.
«Si los bueyes, los caballos y los leones tuvieran manos y pudieran pintar, los caballos pintarían a los dioses como caballos, y los bueyes, como bueyes.»Jenófanes de Colofón, fragmento 15
Jenófanes no buscó un arché nuevo, pero hizo algo igual de importante: la primera crítica de la religión. No negaba lo divino; rechazaba unos dioses hechos a imagen de los hombres, que roban, cometen adulterio y se engañan unos a otros, como en Homero. Para los griegos, «divino» no significaba solo «dios»: era lo perfecto, lo pleno, lo que no tiene falta. Por eso los filósofos podían llamar divino al arché sin rendirle culto.
Todo fluye, nada cambia
Hacia el año 500 a. C., dos pensadores llevaron la pregunta a su extremo, cada uno en una dirección. Los dos aceptaban que en el mundo hay cambio y hay orden. Uno puso el acento en el cambio; el otro, en lo que no cambia. Su desacuerdo ocupó a la filosofía griega durante los dos siglos siguientes.
Todo fluye
Heráclito de Éfeso es el filósofo del cambio. «No es posible bañarse dos veces en el mismo río»: el agua ya es otra, y tú también. El día se convierte en noche, lo frío se calienta, lo vivo muere. Su imagen del cosmos es el fuego, «siempre vivo, que se enciende según medida y se apaga según medida».
El lógos
Pero lo importante de esa frase es «según medida». El cambio no es un caos: lo gobierna una ley, el . Y esa ley es una tensión entre contrarios, como la de un arco o una lira, que solo suenan o disparan porque la cuerda tira en dos sentidos. Sin guerra no hay paz; sin enfermedad, la salud no sería dulce.
Lo que es, es
Parménides de Elea escribió un poema en el que una diosa le muestra dos caminos. El primero dice que lo que es, es, y que no puede no ser. Lo que es no nace ni muere, porque tendría que venir de la nada; no se mueve ni se divide. Es uno, completo y acabado, y Parménides lo compara con una esfera perfecta.
Dos caminos
El segundo camino es el de la , la opinión de los mortales, que creen en lo que ven: cosas que nacen, cambian y desaparecen. Para Parménides, el cambio supone el no ser, y el no ser no puede pensarse ni decirse. «Lo mismo es pensar y ser.» La razón manda más que los sentidos.


Heráclito · el devenir
- Lo real es cambio: todo fluye.
- El orden es el lógos, una tensión entre contrarios.
- Su imagen es el fuego, o el río.
- Los sentidos ven el cambio, pero hay que entender su ley.
Parménides · el ser
- Lo real es uno, inmóvil y eterno.
- El cambio es apariencia: supone el no ser.
- Su imagen es la esfera.
- Los sentidos engañan; solo la razón llega a la verdad.
Casi todo lo que vino después intentó reconciliarlos. Platón, por ejemplo, lo resolvió partiendo el mundo en dos: un mundo sensible que cambia, como el de Heráclito, y un mundo de Ideas eternas, como el ser de Parménides.
El mundo es número
En Crotona, Pitágoras fundó algo a medio camino entre una escuela, una secta religiosa y un partido político. Sus miembros compartían los bienes, guardaban silencio, no comían habas y creían en la transmigración de las almas. Pitágoras no escribió nada, y sus discípulos le atribuían todos sus descubrimientos, así que es imposible saber qué pensó él y qué sus seguidores. Lo que sí sabemos es su respuesta a la pregunta por el arché: los números.
La tetraktys
Para los pitagóricos los números no eran símbolos abstractos, sino figuras de puntos. La más sagrada era la : diez puntos en un triángulo de cuatro filas. 1 + 2 + 3 + 4 = 10, el número perfecto. Juraban por ella.
Lo limitado y lo ilimitado
La oposición fundamental era la de lo par y lo impar. El dos se dibuja con dos puntos que forman una línea sin final: es lo ilimitado. El tres se dibuja con tres puntos que cierran un triángulo: es lo limitado. Y lo limitado era lo bueno, lo armónico, lo racional.
La música de las proporciones
Según la tradición, Pitágoras descubrió que las notas armónicas responden a proporciones simples: media cuerda suena una octava más alta (1:2); dos tercios, una quinta (2:3); tres cuartos, una cuarta (3:4). Si la música es número, quizá todo lo sea. Dos mil años después, Galileo escribiría que el libro de la naturaleza está escrito en lenguaje matemático.

Números que no se dejan medir
Si todo es número, todo debería poder expresarse como una proporción entre números enteros. Pero la diagonal de un cuadrado de lado uno no puede: es la raíz de dos, un número irracional, sin orden ni final. Según la leyenda, el descubrimiento se guardó en secreto, y el pitagórico que lo reveló, Hípaso, murió ahogado en el mar como castigo de los dioses. Seguramente no ocurrió así, pero la grieta era real: lo ilimitado se había colado dentro de las matemáticas.
Muchos principios
Después de Parménides ya no bastaba con decir que todo viene de una sola cosa: había que explicar cómo puede haber cambio sin que algo surja de la nada. Los filósofos de la segunda mitad del siglo V a. C. encontraron la salida aceptando que nada nace ni muere de verdad, y que lo que llamamos nacer y morir es solo mezclarse y separarse. Para eso necesitaban más de un principio: fueron los .
Cuatro raíces
Empédocles de Agrigento propuso cuatro «raíces» de todas las cosas: tierra, agua, aire y fuego. Cada cosa es una mezcla de ellas en proporciones distintas. Los cuatro elementos durarían en la ciencia europea más de dos mil años.
Amor y Odio
Pero los elementos no se mueven solos. Dos fuerzas actúan sobre ellos: el Amor, que los une, y el Odio, que los separa. El mundo es un ciclo sin fin en el que una y otra fuerza dominan por turnos. Cuando reina el Amor, todo es una esfera; cuando reina el Odio, todo se dispersa.
Una inteligencia que ordena
Anaxágoras de Clazómenas imaginó una mezcla original de infinitas partículas, las , en la que «todas las cosas estaban juntas». Lo que las separa y ordena, poniendo la mezcla a girar como un torbellino, es el , una inteligencia. En Atenas lo acusaron de impiedad por decir que el sol era una piedra incandescente.
Átomos y vacío
La respuesta más radical vino de Abdera. Todo está hecho de partículas indivisibles, los , que solo se diferencian por su forma, su tamaño y su posición, y que se mueven en el vacío. Al chocar, se enganchan y forman los cuerpos; al separarse, los cuerpos desaparecen. No hay dioses ni propósito: solo choques necesarios.


¿Cuántos principios hay?
Los historiadores suelen ordenar a los presocráticos en dos grupos. Los parten de la unidad y buscan desde ella explicar la multiplicidad; los , al revés. Heráclito y Parménides encajan mal en cualquier casilla.
Las vidas de los presocráticos
Fechas aproximadas: casi todas proceden de cálculos antiguos poco fiables. Sócrates, en tinta oscura, fue contemporáneo de los últimos presocráticos; el nombre es una etiqueta moderna.
Una pregunta que sigue abierta
Casi todas las respuestas de los presocráticos erraron el tiro. El mundo no está hecho de agua, ni de aire, ni de cuatro raíces movidas por el Amor y el Odio. Pero su manera de preguntar sigue siendo la nuestra: buscar dentro de la naturaleza la ley que explica la naturaleza, y aceptar que cualquier respuesta puede ser discutida. Los físicos siguen buscando el principio único de todas las fuerzas; los átomos de Demócrito volvieron a la ciencia dos mil años después, aunque resultaron no ser indivisibles.
Hacia el 450 a. C., la filosofía llegó a Atenas y cambió de tema. Los sofistas y Sócrates dejaron de mirar al cosmos y miraron a la ciudad: la justicia, la virtud, el lenguaje. Pero ese es el siguiente mapa.
Antes de Sócrates, la pregunta era de qué está hecho el mundo. Después, sería cómo vivir en él.
Las fechas clave
Pulsa una fecha para ver qué pasó. Casi todas son aproximadas.
Doce palabras para entender a los presocráticos
Pulsa cada palabra para descubrir qué significa.
¿Cuánto recuerdas?
Cinco preguntas sobre lo que acabas de leer.