¿Cuánto dura una conquista?
Hacia el año 600, nadie en Constantinopla ni en Ctesifonte miraba hacia el desierto de Arabia. Poco más de un siglo después, los herederos de un comerciante de La Meca gobernaban desde la costa atlántica hasta el valle del Indo. Déjame contarte cómo pasó: un profeta, cuatro sucesores que se disputaron su herencia, un siglo de conquistas y una dinastía que convirtió aquel movimiento en un Estado. Con una sorpresa: durante mucho tiempo, los conquistadores fueron una pequeña minoría.
Solemos imaginar la expansión del islam como una ola: jinetes que llegan, ciudades que caen y pueblos enteros que cambian de fe de un día para otro. La primera parte es cierta. Las conquistas fueron de una rapidez asombrosa, y en apenas tres generaciones los ejércitos árabes alcanzaron Hispania por el oeste y Asia Central por el este.
La segunda parte no lo es. Los conquistadores no obligaron a sus nuevos súbditos a convertirse. Cristianos, judíos y zoroastrianos conservaron sus templos y sus leyes a cambio de pagar un impuesto. Según las estimaciones de Richard Bulliet, discutidas pero muy citadas, en Irán los musulmanes no fueron mayoría hasta el siglo IX. En Egipto, el vuelco llegó todavía más tarde. A los nuevos señores, de hecho, la conversión masiva les planteaba un problema: un converso dejaba de pagar como infiel.
Hay otra dificultad, menos visible. Casi todo lo que sabemos de Mahoma y de los primeros califas lo escribieron musulmanes uno o dos siglos después. Los testimonios más antiguos son monedas, inscripciones, papiros y crónicas de cristianos que veían llegar a los árabes sin entender del todo quiénes eran. Por eso, en esta historia, a veces habrá que decir «según la tradición».
El vídeo de este tema está en preparación. Mientras tanto, en el canal tienes los de los temas anteriores.
Arabia entre dos imperios
Vista desde Constantinopla, Arabia era un margen: arena, tribus y algún oasis. Pero era un margen sin muralla. Nada la cerraba por el norte, y los nómadas que la cruzaban llevaban y traían de todo: mercancías, mercenarios, monedas y dioses.
Desierto y oasis
En el interior solo los beduinos sabían moverse. Pastores y guías de caravanas, vivían en clanes que compartían pastos, guerras y migraciones. Para saber quién era quién contaban la sangre, la genealogía y la poesía. El sur era otro mundo, de agricultores y ciudades: los romanos lo llamaron Arabia Feliz.
Los reinos tapón
Bizancio y Persia se vigilaban a través de terceros. Los persas sostenían a los lajmíes, con capital en al-Hira, en el bajo Éufrates. Los bizantinos pagaban a los jefes gasaníes, jinetes sin capital fija que guardaban el borde del desierto sirio. Eran guardianes baratos: conocían el terreno y frenaban a las tribus del interior.
Etíopes en Yemen
En el sur gobernaban los himyaríes, cuyo último gran rey se había hecho judío. Con el respaldo de Bizancio, el reino cristiano de Axum, en la actual Etiopía, cruzó el mar Rojo y se quedó con Yemen. Décadas después, Yemen acabaría en manos persas.
El año del Elefante
Según la tradición, Abraha, un caudillo etíope que se había hecho rey de Yemen, marchó contra La Meca con un elefante de guerra y fue rechazado de forma milagrosa. La sura 105 del Corán alude a «los del elefante». La memoria árabe situó ese año, hacia 570, el nacimiento de Mahoma. Pero una inscripción del propio Abraha narra una campaña por Arabia central en 552, y la fecha sigue en el aire.
El fin de los guardianes
Cosroes II depuso al último rey lajmí y convirtió al-Hira en una provincia persa. Los gasaníes, por su parte, habían salido muy debilitados de sus choques con el emperador Mauricio. Cuando Persia y Bizancio se lanzaron a su última guerra, ya nadie guardaba la puerta del desierto.
Dos gigantes agotados
Durante un cuarto de siglo, persas y bizantinos se destrozaron mutuamente. Los persas llegaron a Jerusalén y a Egipto, y Heraclio les devolvió el golpe hasta el corazón de Mesopotamia. La paz de 628 dejó a los dos imperios arruinados, con ciudades saqueadas y ejércitos diezmados.
La Meca era otra cosa: ni reino ni imperio, sino una ciudad de mercaderes en un valle sin agricultura. Vivía del comercio y de un santuario, la Kaaba, que albergaba la Piedra Negra y los ídolos de muchas tribus. La tribu de los Quraysh controlaba a la vez el templo y las caravanas. Por encima de diosas como al-Lat, al-Uzza y Manat se veneraba a Alá, «el dios». Algunos árabes, los hanifes, creían ya en un dios único sin ser judíos ni cristianos. El terreno para un monoteísmo árabe estaba, en cierto modo, abonado.
El Profeta
Mahoma nació en La Meca, en el clan de los Banu Hashim, una rama de los Quraysh, y según la tradición quedó huérfano de niño. Para su biografía dependemos sobre todo de la Sira de Ibn Ishaq. Se escribió más de un siglo después de su muerte y se conserva en la versión de Ibn Hisham.
Un comerciante de caravanas
Su matrimonio con Jadiya, una viuda rica para la que trabajaba, le dio una posición en la ciudad. Según la tradición, con sus caravanas llegó hasta Siria y trató con judíos y cristianos. Todas las fechas de su juventud son las de la tradición.
La revelación
Hacia los cuarenta años, según la tradición, empezó a recibir en una cueva del monte Hira mensajes que atribuyó a Dios. Su predicación giraba en torno a tres ideas: un solo Dios, el rechazo de los ídolos y la llegada del Juicio Final. A esos mensajes, recitados y memorizados, se les llamó Qur'an, «recitación».
La hégira
Atacar a los ídolos era atacar el negocio del santuario. La hostilidad de los Quraysh empujó a Mahoma y a sus seguidores a emigrar a Yatrib, un oasis al norte. Yatrib pasaría a llamarse Medina, «la ciudad» del Profeta. Esa emigración, la , marca el año 1 del calendario islámico.
Un pacto entre tribus
En Medina, Mahoma actuó como árbitro entre clanes enfrentados. La llamada «Constitución de Medina» no era una constitución, sino un pacto de alianza entre emigrados, medineses y judíos. Por encima de los lazos de sangre aparecía un vínculo nuevo: la , la comunidad de los creyentes.
La victoria de Badr
Los musulmanes empezaron a asaltar las caravanas que iban a La Meca. En Badr derrotaron, según la tradición, a una fuerza mequí mucho mayor. Siguieron años de guerra, y las tribus judías de Medina que no aceptaron la nueva fe fueron expulsadas o eliminadas.
El regreso a La Meca
En 628, en al-Hudaybiyya, los Quraysh habían pactado una tregua con él. El exiliado ya era un poder con el que había que negociar. Dos años después, Mahoma entró en la ciudad casi sin lucha y, según la tradición, consagró la Kaaba al Dios único. Desde toda Arabia llegaron delegaciones de tribus que se sometían a cambio de protección.
La peregrinación del adiós
Mahoma encabezó una última peregrinación a La Meca y fijó sus ritos, que los musulmanes repiten todavía. Murió poco después en Medina, sin hijos varones vivos y sin haber designado sucesor.
Lo que dejaba era una religión de prácticas sencillas y visibles. Los resumen lo que se espera de un creyente. Son la profesión de fe, la oración cinco veces al día orientada hacia La Meca, la limosna, el ayuno del mes de ramadán y la peregrinación al menos una vez en la vida. Junto al Corán, la sunna, los dichos y hechos atribuidos al Profeta, se convertiría en la otra gran fuente de la ley.

La palabra escrita
El Corán se transmitió primero de memoria. Se recitaba con un ritmo cercano al de la poesía árabe anterior, en capítulos llamados suras —114 en total— cuyos versículos funcionaban casi como unidades sueltas. Fue el primer libro escrito en árabe, y su lengua se convirtió en el modelo del idioma.
En 2015, la datación por radiocarbono del pergamino de unos folios conservados en Birmingham dio, con un 95 % de probabilidad, un intervalo entre 568 y 645. La fecha corresponde a la piel, no a la escritura, y los especialistas discuten qué significa exactamente. Pero sitúa estos fragmentos entre los más antiguos que se conocen.
Los cuatro califas
La muerte de Mahoma abrió la pregunta que marcaría toda la historia del islam: ¿quién manda ahora, y con qué autoridad? El Profeta no había dejado instrucciones claras. La solución fue elegir a uno de sus compañeros más antiguos, que tomaría el título de , «sucesor» o «lugarteniente». La tradición sunní llamaría a estos cuatro primeros califas rashidun, «los bien guiados».
Abu Bakr y la ridda
El primer califa era el padre de Aisha, la esposa preferida de Mahoma. Muchas tribus entendían que su pacto había sido con el Profeta, no con sus herederos, y dejaron de pagar. Abu Bakr las sometió en las guerras de la ridda o de la apostasía, y al terminar tenía un ejército curtido mirando hacia Siria.
Umar y el diwan
Con Umar empezó la gran expansión fuera de Arabia. Creó un registro, el diwan, donde constaba cada combatiente y lo que cobraba según la antigüedad de su conversión. También tomó el título de «príncipe de los creyentes». En 644 lo apuñaló un esclavo persa.
Utmán y el Corán
Lo eligió un consejo de compañeros, que prefirió a este miembro del rico clan de los omeyas frente a Alí, primo y yerno del Profeta. Utmán llenó los gobiernos provinciales de parientes. Pero su nombre quedó unido a algo más duradero: ordenó fijar por escrito una versión única del Corán. Las copias que circulaban con variantes en Siria, Irak y Persia debían destruirse.
Un califa asesinado
Las guarniciones de Irak y Egipto se sentían postergadas en el reparto de las rentas y se rebelaron. Un grupo de amotinados mató a Utmán en su casa de Medina. Por primera vez, un musulmán había derramado la sangre de un califa.
La batalla del Camello
Alí fue proclamado califa, pero parte de los Quraysh, con Aisha a la cabeza, se le opuso. Alí los venció cerca de Basora, en una batalla que debe su nombre al camello desde el que, según la tradición, Aisha seguía la lucha.
Coranes en las lanzas
Quedaba Muawiya, gobernador de Siria y pariente de Utmán, que exigía castigar a los asesinos. Los ejércitos de Siria e Irak se enfrentaron en Siffin, junto al Éufrates. Según el relato tradicional, cuando los sirios iban perdiendo alzaron hojas del Corán en sus lanzas, y Alí aceptó someter el conflicto a arbitraje.
Tres caminos
Una parte de los hombres de Alí rechazó el arbitraje: «solo Dios juzga», decían, y se marcharon. Son los , «los que salen». Uno de ellos asesinó a Alí en Cufa en 661, y Muawiya se quedó con el califato.
De esa crisis salieron las tres grandes corrientes del islam. Los , la shi'at Ali o «partido de Alí», sostienen que el poder debía quedarse en la familia del Profeta. Los jariyíes pensaban que el califa debía ser el mejor creyente, viniera de donde viniera. Y la mayoría, que aceptó a Muawiya y sus sucesores, acabaría llamándose sunní, de la sunna. Las etiquetas tardaron varias generaciones en fijarse, pero la fractura venía de aquí.
Un siglo de conquistas
En 634, los ejércitos de Medina salieron de Arabia. Menos de ochenta años después cruzaban el estrecho de Gibraltar y acampaban a orillas del Indo. Pocos imperios han crecido tan deprisa.
La batalla del Yarmuk
Tras vencer en Ajnadayn, los árabes derrotaron al gran ejército de Heraclio junto al río Yarmuk, un afluente del Jordán. Según la tradición, el emperador se despidió de Siria para siempre. Damasco y Antioquía quedaron a merced de los vencedores, y Jerusalén se rindió en 637 o 638.
El fin de Persia
Casi al mismo tiempo, otro ejército árabe aplastaba a los persas en Qadisiya, en el bajo Irak. Poco después caía Ctesifonte (cerca de la actual Bagdad). Tras la derrota de Nihavand (642), el último rey, Yazdegerd III, huyó de provincia en provincia hasta morir asesinado cerca de Merv en 651. Así se apagó la dinastía que había rivalizado con Roma durante cuatro siglos.
Del Nilo a Cartago
Amr ibn al-As entró en Egipto con unos 4000 hombres, según los cronistas. Alejandría, la gran metrópoli del país, capituló por tratado. Más al oeste todo fue más lento. Uqba ibn Nafi fundó Qayrawan (670), en el actual Túnez, pero los bereberes de Kusayla y de la reina a la que los árabes llamaron al-Kahina, «la adivina», resistieron décadas. Cartago no cayó hasta 698.
Del Indo a Samarcanda
En el otro extremo, Muhammad ibn al-Qasim conquistaba el Sind, en el actual Pakistán. Mientras, el general Qutayba ibn Muslim, que ya había tomado Bujará, entraba en Samarcanda. Un mismo califa, desde Damasco, recibía noticias de Toledo y del valle del Indo.
Tariq cruza el estrecho
Musa ibn Nusayr, gobernador de Ifriqiya (la antigua provincia romana de África), envió a su liberto bereber Tariq ibn Ziyad, que mandaba en Tánger, al otro lado del estrecho. Desde entonces, el estrecho lleva su nombre: Yabal Tariq, Gibraltar. Junto al Guadalete, o en algún lugar cercano que no se ha logrado precisar, Tariq venció al rey visigodo Rodrigo. En pocos años, casi toda la península estaba en manos musulmanas.
Las murallas de Constantinopla
El gran objetivo seguía siendo la capital bizantina. Un enorme ejército y una flota la asediaron durante un año. Pero las murallas de Teodosio, el invierno y el fuego griego, que incendiaba los barcos, pudieron más. Fue una derrota terrible: los califas renunciaron a tomar la ciudad, y la frontera quedó en los montes Tauro.
Dos fronteras
En el oeste, el mayordomo de palacio de los francos, Carlos Martel, derrotó entre Tours y Poitiers a una expedición que saqueaba Aquitania. La historiografía europea la convirtió en la batalla que salvó a la cristiandad, una lectura que hoy se considera exagerada. En el este, junto al río Talas, en la frontera entre los actuales Kazajistán y Kirguistán, un ejército musulmán venció en 751 a la China Tang. Aquella derrota frenó para siempre el avance chino hacia el oeste.
¿Cómo fue posible? La respuesta empieza por los vencidos. En Siria y Egipto, muchos cristianos monofisitas estaban hartos del fisco y de la presión religiosa de Constantinopla. Los recién llegados les ofrecían un trato sencillo: conservar fe y tierras a cambio de dos tributos, uno sobre la tierra, el jaray, y otro por cabeza, la . Para muchos, cambiar de amo no era peor. Enfrente, además, no quedaba nadie: dos imperios exhaustos y ni rastro de los reinos tapón.
El resto lo hizo el desierto. Los árabes se movían por sus rutas mejor que nadie. En lugar de dispersarse por el campo, se instalaron en ciudades-campamento, los : Basora y Cufa en Irak, Fustat en Egipto, Qayrawan en Ifriqiya. Desde allí cobraban, vigilaban y partían hacia la siguiente campaña, sin mezclarse demasiado con la población conquistada.
La expansión no fue continua. Avanzó a golpes, y cada guerra civil interna —la de Alí y Muawiya, la de los años 680— la frenó durante años. El final llegó desde dentro. En 740, los bereberes del Magreb, musulmanes tratados como súbditos de segunda, se sublevaron inspirados por las ideas igualitarias de los jariyíes. La revuelta saltó a al-Andalus. La máquina de conquistar se había agotado.

Seis reyes en un muro
En mitad del desierto jordano, un príncipe omeya, probablemente el futuro califa al-Walid II, mandó pintar las paredes de su baño. Hay cazadores, bailarinas, músicos y un cielo de estrellas. En una de las salas, seis reyes extienden las manos hacia el espectador. Los rótulos identifican a cuatro: el césar de Bizancio, el rey de Persia, el negus de Etiopía y Rodrigo, el último rey de los godos.
La pintura es una lección de estética omeya: figuras humanas, desnudos, técnica bizantina e iconografía persa en el edificio de un príncipe musulmán. Y es también una declaración política. Entre 723 y 743, la corte de Damasco se veía como heredera de todos los reyes del mundo. Rodrigo, vencido una generación antes, ya formaba parte de su colección.
Los califas de Damasco
Muawiya fue proclamado califa en Jerusalén y gobernó desde Damasco, una vieja ciudad romana. Con él, el centro del islam salió de Arabia para no volver. Una advertencia antes de juzgar a esta dinastía. Casi todo lo que sabemos de los omeyas lo escribieron cronistas de época abasí. Los abasíes, sus sucesores y enemigos, tenían motivos para pintarlos como impíos y tiranos.
Un califato hereditario
Muawiya hizo jurar a los jefes tribales fidelidad a su hijo Yazid en vida suya. Era la manera de evitar otra guerra en cada sucesión. Sus críticos vieron en ello la conversión del califato en una monarquía, y nunca se lo perdonaron.
La muerte de Husayn
A la muerte de Muawiya, Husayn, hijo de Alí y nieto del Profeta, se alzó contra Yazid. Las tropas omeyas lo cercaron en Karbala, en Irak, y lo mataron con casi todos sus acompañantes. Para los chiíes, Husayn es desde entonces el mártir por excelencia, y su muerte se recuerda cada año en la Ashura.
Dos califas a la vez
Siguió una segunda guerra civil, con dos califas a la vez: el omeya Marwan en Damasco e Ibn al-Zubayr en La Meca. Las tribus árabes se partieron en dos bloques, qaysíes y yemeníes, y los yemeníes de Marwan vencieron en Marj Rahit. Esa rivalidad viajaría con los árabes hasta al-Andalus.
Una moneda sin rostro
Hasta entonces, los califas acuñaban monedas copiadas de las bizantinas y persas, con emperadores y reyes. Abd al-Malik, hijo de Marwan, las sustituyó por un dinar de oro y un dírhem de plata sin imágenes, solo con frases religiosas en árabe. En los mismos años ordenó que la administración, que se llevaba en griego y en persa, pasara al árabe.
Umar II y los clientes
Los conversos no árabes, los o mawali, eran musulmanes pero seguían pagando como si no lo fueran. Umar II intentó igualarlos con los árabes. La tradición, incluso la abasí, lo recuerda como el único omeya piadoso, aunque su reinado fue corto y sus reformas no duraron.
La caída
En Jurasán, en el este de Irán, los abasíes, descendientes de un tío de Mahoma, reunieron bajo banderas negras a clientes descontentos, chiíes y árabes de las guarniciones orientales. Junto al río Zab derrotaron al último califa omeya, Marwan II, y después persiguieron y mataron a casi toda su familia.
Un superviviente en Córdoba
Un nieto del califa Hisham, Abderramán, escapó de la matanza. Tras años de huida por el norte de África, desembarcó en al-Andalus en 755 y al año siguiente se proclamó emir en Córdoba. La dinastía que había perdido Damasco sobreviviría casi tres siglos en la otra punta del mundo.
¿Qué clase de Estado salió de todo esto? Uno en el que mandaban muy pocos. La mayoría de los súbditos seguían siendo cristianos, judíos o zoroastrianos: los , «protegidos», libres, con sus propias leyes y sus propios jueces mientras pagaran. Por encima, una élite árabe pequeña se reservaba las armas y el botín. En medio quedaban los conversos no árabes, ligados como clientes a una familia árabe y tratados como inferiores. Su reclamación de igualdad alimentó casi todas las revueltas del periodo. Y en la base, los esclavos, cautivos de las guerras, cuya liberación el islam alentaba.
Un viajero que cruzara el campo de Siria o de Egipto hacia el año 700 habría visto muchas más iglesias que mezquitas, y alguna recién construida. Los cristianos llevaban buena parte de la administración. Juan Damasceno, uno de los grandes teólogos de la Iglesia oriental, venía de una familia de altos funcionarios: su padre sirvió a los califas y, según la tradición, él también lo hizo antes de hacerse monje. El califato aprendió a gobernar copiando a quienes ya sabían hacerlo.

Un mosaico para un califa
Hacia 691, Abd al-Malik levantó en Jerusalén un santuario octogonal sobre la roca del antiguo monte del Templo. Su planta recuerda a las iglesias bizantinas, y sus mosaicos los hicieron, probablemente, artesanos de esa misma tradición. Pero el programa es otro: no hay santos ni emperadores, solo árboles, frutos, joyas y coronas sobre oro.
Las inscripciones en árabe que recorren el interior proclaman que Dios es uno y «no tiene asociado», y advierten a los cristianos: «no digáis “tres”». Era un mensaje en piedra, y dorado, dirigido a una ciudad que seguía siendo cristiana.
Cómo se lee un nombre árabe
Los árabes daban mucha importancia al linaje, y su nombre completo funcionaba como un pequeño árbol genealógico. Tomemos al hombre que gobernó al-Andalus a finales del siglo X: Abu Amir Muhammad ibn Abd Allah ibn Abi Amir al-Ma'afiri al-Mansur. Abu Amir, «padre de Amir», es la kunya, un tratamiento de respeto. Muhammad es el nombre propio, el ism. Ibn Abd Allah ibn Abi Amir, «hijo de Abd Allah, hijo de Abu Amir», es el nasab, la filiación.
Siguen la nisba, al-Ma'afiri, que indica la tribu de origen, y el laqab, el sobrenombre honorífico: al-Mansur, «el victorioso». El nasab funcionaba también hacia abajo. En la arqueta de marfil que se guarda en Pamplona, su hijo Abd al-Malik aparece como ibn al-Mansur, «hijo de Almanzor». Los cristianos del norte se quedaron solo con el laqab. Y así lo seguimos llamando: Almanzor.
Descifra cinco nombres
Elige a un personaje y toca cada pieza.
Saber leer estas piezas ayuda a no perderse en las crónicas, donde una misma persona aparece con nombres distintos según quién la cite. Cada época y cada lengua se quedó con una parte diferente. Al primer califa lo recordamos por su kunya, Abu Bakr; su nombre propio era Abd Allah. Al conquistador de Hispania, por su ism y su nasab: Tariq ibn Ziyad, «Tariq, hijo de Ziyad». Los traductores latinos de la Edad Media tomaron el nasab de dos filósofos y lo deformaron: Ibn Rushd pasó a ser Averroes, e Ibn Sina, Avicena.
Muchos nombres propios son, a su vez, una frase. Abd significa «siervo», y se une a uno de los noventa y nueve nombres de Dios: Abd Allah, «siervo de Dios»; Abd al-Malik, «siervo del Rey»; Abd al-Rahman, «siervo del Clemente», que en castellano dio Abderramán. Las mujeres llevaban las mismas piezas en femenino: bint, «hija de», en lugar de ibn, y Umm, «madre de», en lugar de Abu. Aisha, la esposa de Mahoma, era Aisha bint Abi Bakr, la hija de Abu Bakr.
Ponte un nombre árabe
Rellena las casillas y mira cómo se monta. Es un juego: los nombres se quedan en su forma española.
En 632, la comunidad que enterró a Mahoma cabía en unos pocos oasis del Hiyaz. En 750, sus herederos gobernaban a millones de personas que, en su mayoría, ni hablaban árabe ni rezaban a Alá. Para mandar sobre ellas, los califas tomaron prestado casi todo: la burocracia bizantina, la corte persa, los mosaicos de las iglesias. Lo que aportaron fue una lengua, una moneda y una fe que se extendió despacio, mucho después de que callaran las espadas.
La conquista duró un siglo. La conversión, varios.
Las fechas clave
Pulsa una fecha para ver qué pasó.
Diez palabras para entender el nacimiento del islam
Pulsa cada palabra para descubrir qué significa.
¿Cuánto recuerdas del viaje?
Cinco preguntas sobre lo que acabas de leer.