¿Quién decide en qué se cree?
Los godos que saquearon Roma en el 410 rezaban al mismo Cristo que los romanos. Respetaron las iglesias y a quienes se refugiaron en ellas. Y, sin embargo, para los obispos de Roma eran herejes. Esta es la historia de cómo una religión perseguida se convirtió en la Iglesia de un imperio: cómo copió su mapa, cómo discutió durante siglos quién era Cristo y cómo, en los desiertos de Egipto y en las islas del norte, unos pocos monjes acabaron guardando los libros de Europa.
Solemos imaginar la Iglesia de la Alta Edad Media como un bloque: un papa, un credo, una sola fe. No fue así. Durante sus primeros siglos como religión del imperio, el cristianismo fue una conversación a gritos entre obispos, emperadores, monjes y fieles. Se discutía quién era Jesús, quién podía perdonar los pecados, quién mandaba sobre quién. Los perdedores de cada discusión pasaron a la historia como ; muchos de ellos fundaron iglesias que todavía existen.
Al mismo tiempo, la Iglesia hizo algo que ninguna otra institución consiguió: sobrevivir al Imperio romano de Occidente sin cambiar de forma. Cuando el Estado se retiró, los obispos se quedaron en las ciudades, y los monjes, en sus bibliotecas.
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Una Iglesia con forma de imperio
A comienzos del siglo IV, los cristianos eran una minoría numerosa, sobre todo en las ciudades de Oriente, y acababan de sufrir la peor persecución de su historia, la de Diocleciano. En menos de un siglo pasaron de perseguidos a religión del Estado.
Libertad de culto
En el 313, Constantino y Licinio acordaron en Milán la libertad de culto para todos los habitantes del imperio. El cristianismo se convirtió en una religión más. Muy pronto, en la favorita del emperador: Constantino financió iglesias, eximió al clero de cargas municipales y presidió sus asambleas.
Una ciudad, un obispo
La Iglesia copió el mapa del Estado. Cada ciudad, la civitas, tenía su obispo, y el territorio que dependía de ella se llamó . Varias diócesis formaban una provincia eclesiástica, presidida por el obispo de la capital: el metropolitano, que en Occidente acabaría llamándose arzobispo.
Una sola fe
Con el edicto de Tesalónica, Teodosio ordenó que todos los pueblos del imperio siguieran la fe de los obispos de Roma y de Alejandría. En los años siguientes prohibió los sacrificios paganos. El cristianismo de Nicea era ya la religión del Estado, y apartarse de él, un delito.
Las grandes sedes
El concilio de Constantinopla puso orden entre las iglesias más antiguas: Roma, Alejandría, Antioquía y la propia Constantinopla, la «nueva Roma». Jerusalén se sumaría en el 451. Son los cinco , cada uno con su territorio y sin derecho a meterse en el de los demás.
Roma y la nueva Roma
El canon 28 del concilio de Calcedonia dio a Constantinopla los mismos privilegios que a la vieja Roma, solo por detrás en honor. El papa León I se negó a aceptarlo. Ahí empieza una rivalidad que acabaría, seis siglos después, en la separación de las iglesias de Oriente y Occidente.
El obispo era mucho más que un pastor. Juzgaba pleitos, administraba bienes enormes y representaba a su ciudad ante el poder. Muchos procedían de las viejas familias senatoriales, y al morir dejaban su patrimonio a la Iglesia, que se convirtió en uno de los grandes terratenientes de su tiempo. Cuando en el siglo V los funcionarios imperiales desaparecieron de Occidente, el obispo fue a menudo la única autoridad que quedó en pie: negociaba con los reyes germánicos, alimentaba a los pobres y custodiaba las reliquias de los santos, que protegían la ciudad.
Por eso reyes y emperadores quisieron controlar su elección, que en teoría hacían «el pueblo y el clero». Por eso también la Iglesia pagó un precio por sus privilegios: siempre necesitó la protección del poder civil, y el poder civil siempre se la cobró.
De Roma a la última aldea
La Iglesia del siglo V tenía cuatro peldaños, calcados de la administración romana. En el campo, donde el cristianismo llegó tarde, los obispos crearon parroquias rurales y pusieron al frente a presbíteros. Una diferencia de entonces ha durado hasta hoy: en Oriente, los sacerdotes podían casarse; en Occidente, el papa León I extendió el celibato a todo el clero mayor, aunque durante siglos se cumplió a medias.
Papa y patriarcas
- Las cinco grandes sedes. Roma reclama la primacía, por Pedro.
Metropolitano
- El obispo de la capital de la provincia: consagra a los demás obispos y convoca los sínodos.
Obispo
- Una ciudad y su diócesis. Su silla, la cátedra, da nombre a la catedral.
Presbítero
- Al frente de una parroquia, sobre todo en el campo. Le ayudan los diáconos.

El Grial que era una lámpara
Cuando apareció en Siria, a principios del siglo XX, hubo quien quiso ver en esta copa el Santo Grial, encerrado en una funda de plata por los primeros cristianos. Hoy se fecha en el siglo VI, y los conservadores del Met creen que pudo ser una lámpara. Sigue siendo un testimonio extraordinario: entre vides y animales, Cristo aparece sentado, rodeado de sus apóstoles. Es la imagen de una Iglesia rica, segura de sí misma y muy romana.
¿Quién era Cristo?
Una vez legal, el cristianismo tuvo que ponerse de acuerdo consigo mismo. ¿Cómo podía haber un solo Dios si el Padre, el Hijo y el Espíritu eran Dios? ¿Cómo podía Jesús ser a la vez Dios y hombre? En Oriente, donde la filosofía griega daba palabras para todo, la discusión salió de las escuelas y llegó a la calle.
Arrio
Arrio, un presbítero de Alejandría, enseñaba que el Hijo había sido creado por el Padre: una criatura perfecta, la primera de todas, pero una criatura. «Hubo un tiempo en que no existía», decían sus seguidores. Su obispo lo excomulgó, y la disputa incendió Oriente.
Nicea
Constantino reunió en Nicea el primer , con unos trescientos obispos; probablemente lo presidió su consejero, Osio de Córdoba. El credo que aprobaron dice que el Hijo fue «engendrado, no creado», al Padre. Allí se acordó también celebrar la Pascua el mismo domingo en todas las iglesias.
La Biblia de los godos
Nicea no acabó con el arrianismo: varios emperadores, como Constancio II, lo favorecieron. En ese ambiente fue consagrado obispo Ulfila, que predicó a los godos al norte del Danubio, inventó un alfabeto para su lengua y tradujo la Biblia al gótico. Los godos se hicieron cristianos, pero arrianos.
Reyes herejes, súbditos católicos
Así se explica el arranque de esta historia. Visigodos, ostrogodos, vándalos y burgundios eran ; sus súbditos romanos, católicos. En cada ciudad podía haber dos iglesias y dos obispos. Los francos de Clodoveo, en cambio, pasaron directamente del paganismo al catolicismo. Los visigodos lo harían con Recaredo, en el III Concilio de Toledo (589).
Éfeso: ¿Madre de Dios?
Nestorio, patriarca de Constantinopla, separaba tanto en Cristo lo humano de lo divino que se negaba a llamar a María , Madre de Dios: Madre de Cristo, decía. Cirilo de Alejandría lo derrotó en el concilio de Éfeso. Sus partidarios se refugiaron en la Persia sasánida, y desde allí sus misioneros llegaron a la India y a China.
Calcedonia
El error contrario: el monje Eutiques defendía en Cristo una sola naturaleza, la divina. Un concilio en Éfeso le dio la razón en el 449; León I lo llamó «latrocinio». En Calcedonia, unos seiscientos obispos definieron dos naturalezas «sin confusión, sin cambio, sin división, sin separación». Egipto, Siria y Armenia no lo aceptaron.
«Si preguntas por el precio del pan, te contestan que el Padre es mayor que el Hijo.»Gregorio de Nisa, sobre las calles de Constantinopla, hacia el 383
Gregorio exageraba para hacer reír, pero no mucho. Las fórmulas teológicas se coreaban en el hipódromo, provocaban motines y decidían carreras políticas. De aquellas peleas quedaron dos cosas claras: solo un concilio ecuménico podía fijar la fe de todos, y solo el emperador podía convocarlo.
Calcedonia dejó heridas que nunca cerraron. De quienes la rechazaron nacieron la Iglesia copta de Egipto, la siríaca, llamada jacobita por el obispo Jacobo Baradeo, y la armenia. Durante mucho tiempo se repitió que estos cristianos, hartos de Constantinopla, recibieron a los árabes como libertadores en el siglo VII. Los historiadores de hoy lo matizan: hubo de todo, y las fuentes que lo afirman se escribieron mucho después. Muchos de sus herederos prefieren hoy llamarse miafisitas, y no monofisitas.

Dios, hombre o las dos cosas
Cada respuesta tenía sus razones, sus textos y sus santos. Todas buscaban lo mismo: explicar cómo puede salvar a los hombres alguien que es a la vez uno de ellos y Dios.
Arrianismo
- El Hijo es una criatura, la más alta, pero no es Dios como el Padre.
- Condenado Nicea, 325, y Constantinopla, 381
Nestorianismo
- Dos naturalezas tan separadas que casi son dos personas. María es madre de Cristo, no de Dios.
- Condenado Éfeso, 431
Monofisismo
- Una sola naturaleza: la humana queda absorbida en la divina.
- Condenado Calcedonia, 451
Calcedonia
- Una sola persona y dos naturalezas, unidas sin mezclarse.
- Hoy católicos, ortodoxos y casi todos los protestantes
Pureza, gracia y una espada
En Occidente apenas se discutió sobre la naturaleza de Cristo. Las grandes disputas latinas fueron más prácticas: quién es digno de dar los sacramentos, si el hombre puede salvarse por sus propias fuerzas, cuánto rigor se le puede exigir a un cristiano. El gran polemista de todas ellas fue Agustín de Hipona.
Donatismo · c. 311
- Nace en Cartago tras la persecución de Diocleciano, contra los obispos que habían entregado los libros sagrados. Sostiene que un sacramento dado por un sacerdote indigno no vale. Su nombre viene de Donato, obispo rival de Cartago desde el 313. Dividió la Iglesia africana durante más de un siglo.
Pelagianismo · c. 400
- El asceta britano Pelagio negaba que el pecado de Adán se heredara: el hombre puede ser bueno por su propio esfuerzo. Agustín respondió que sin la gracia de Dios nadie se salva. Fue condenado en Cartago en el 418. A veces se le presenta como precursor de Lutero, pero es casi lo contrario: Lutero se apoyó en Agustín.
Priscilianismo · 385
- Prisciliano, obispo de Ávila, predicaba un ascetismo radical con ecos gnósticos y tuvo muchos seguidores en Gallaecia y Lusitania. Acusado de magia, fue decapitado en Tréveris por orden del usurpador Máximo: el primer cristiano ejecutado por herejía por un poder cristiano. Martín de Tours y Ambrosio de Milán protestaron.
El obispo de Roma
Todos los patriarcas reconocían al obispo de Roma una de honor: era el sucesor de Pedro, la piedra sobre la que, según el Evangelio, se edificaría la Iglesia. En la práctica, cada uno gobernaba su iglesia a su manera. Roma impuso su autoridad poco a poco, a golpe de cartas, las decretales, y de misiones. Y aprovechó un vacío: en Occidente ya no había emperador.
León Magno
León I fue el primer gran papa. Su carta sobre las dos naturalezas de Cristo se leyó en Calcedonia, y los obispos, según las actas, gritaron: «Pedro ha hablado por boca de León». Los obispos de la Galia, de Hispania y del Ilírico reconocieron su autoridad.
Atila y Genserico
En el 452, León salió al encuentro de Atila junto al río Mincio, y los hunos se retiraron de Italia. El hambre y la peste en su ejército ayudaron tanto como el papa, pero la leyenda fue para León. En el 455 no pudo evitar el saqueo de Roma por los vándalos de Genserico; sí, según la tradición, que incendiaran la ciudad y mataran a sus habitantes.
Dos poderes
El papa Gelasio I escribió al emperador Anastasio que el mundo se gobierna con dos poderes: la autoridad sagrada de los obispos y la potestad de los reyes. Y que la de los obispos pesa más, porque responderán ante Dios incluso por los reyes. La Edad Media lo llamaría la doctrina de las dos espadas.
Roma, sola
La llegada de los lombardos aisló Roma. Constantinopla quedaba lejos y no mandaba soldados. En el 590 fue elegido papa Gregorio, de una rica familia romana, antiguo prefecto de la ciudad y luego monje. En el 593, con el rey lombardo Agilulfo ante las murallas, pagó y negoció por su cuenta. El papa empezaba a ser el señor de Roma.
La misión a Kent
Gregorio envió a Agustín, prior de su monasterio, con unos cuarenta monjes a la isla de los anglosajones, que seguían siendo paganos. Desembarcaron en Kent en el 597. El rey Etelberto, casado con la princesa franca y católica Berta, se bautizó y les dio tierras en Canterbury, que sigue siendo la sede principal de la Iglesia de Inglaterra.
«Dos son, augusto emperador, los poderes con que principalmente se rige este mundo: la sagrada autoridad de los pontífices y la potestad real.»Gelasio I, carta al emperador Anastasio (494)

El siervo de los siervos de Dios
Gregorio se firmaba servus servorum Dei, siervo de los siervos de Dios, y los papas lo siguen haciendo. Gobernó la Iglesia como el alto funcionario que había sido: administró las tierras del papado de Sicilia a la Galia, alimentó a la ciudad con su grano y escribió centenares de cartas que todavía se conservan. Sus Diálogos y su Regla pastoral se leyeron durante toda la Edad Media.
La tradición le atribuye el canto gregoriano, pero ese repertorio se fijó dos siglos después, en tiempos de los carolingios, que pusieron su nombre para darle prestigio. El canto ambrosiano de Milán, aún más antiguo, sobrevivió a su lado.
Los atletas de Cristo
Cuando terminaron las persecuciones, terminaron también los mártires. Algunos cristianos buscaron otra forma de darlo todo: un sacrificio lento, de por vida. Se retiraron al desierto a rezar, ayunar y luchar contra el demonio. Los llamaron monachoi, «solitarios».
Ellos se veían como athletae Christi, atletas de Cristo. La imagen venía de muy atrás. San Pablo, que escribía para ciudades griegas obsesionadas con los juegos, comparaba la vida cristiana con una carrera en el estadio: el atleta se priva de todo para ganar una corona que se marchita, y el cristiano, una que dura para siempre. Los primeros que recibieron el nombre fueron los mártires, que «competían» en la arena del anfiteatro. Cuando ya no hubo mártires, el título pasó a los monjes. Hasta su vida de privaciones tenía nombre deportivo: ascesis, de donde viene «ascetismo», era en griego el entrenamiento de los atletas. Ayunaban y velaban como quien se prepara para unos juegos, y la gente acudía a verlos como a campeones.
Antonio
Antonio, hijo de campesinos egipcios, vendió sus tierras y se retiró al desierto. Acabó en una cueva cerca del mar Rojo, donde murió, según su biógrafo, con más de cien años, en el 356. Fue el modelo del : solo, sin regla, entregado a la oración y la penitencia.
Pacomio
El egipcio Pacomio, antiguo soldado, vio los peligros de la soledad y fundó en Tabennisi, en la Tebaida, una comunidad que vivía bajo una regla común: trabajo manual, oración a horas fijas, estudio de la Biblia y obediencia a un superior. Había nacido el . A su muerte, miles de monjes y monjas seguían su regla.
Las lauras
En Palestina, donde llevó la vida monástica Hilarión de Gaza, y en el Sinaí y Siria se extendió un camino intermedio: las lauras. Cada monje vivía en su celda o su cueva y toda la comunidad se reunía el domingo para la liturgia y la comida. El Monte Athos, en Grecia, conserva todavía ermitas y lauras.
Un hombre en una columna
Cerca de Antioquía, Simeón subió a una columna para huir de la multitud que lo buscaba. Las columnas fueron cada vez más altas, hasta unos quince metros, y vivió en ellas más de treinta y cinco años. Peregrinos de todo el imperio venían a escucharlo. Tuvo imitadores: los estilitas.
Basilio
Basilio, obispo de Cesarea de Capadocia, escribió la regla que todavía siguen los monjes ortodoxos. Huía de las penitencias extremas: pedía trabajo, estudio y obediencia, y puso a sus monjes al servicio de los pobres y los enfermos. Su regla inspiraría, siglo y medio después, a Benito de Nursia.


La vida más leída del siglo IV
Sabemos de Antonio por su Vida, que escribió Atanasio de Alejandría poco después de su muerte. Fue un éxito en todo el imperio. En ella, el demonio ataca al ermitaño con visiones, ruidos y fieras, y Antonio resiste. Agustín cuenta en sus Confesiones que oír esta historia le empujó a convertirse. Mil años después, los grabadores alemanes todavía disfrutaban dibujando sus monstruos.
Los monjes no siempre fueron pacíficos. En las grandes disputas teológicas, bandas de monjes egipcios y sirios se presentaron en los concilios y en las calles para imponer su credo a la fuerza. Eran el pueblo más devoto del imperio, y el más difícil de controlar.
Monjes de Occidente
El monacato llegó a Occidente más tarde y sin un plan común. Lo trajeron viajeros que habían conocido a los padres del desierto, como Jerónimo o Juan Casiano, que fundó monasterios en Marsella. Cada comunidad tuvo durante mucho tiempo su propia . Agustín escribió una para la suya, en África, que todavía siguen varias órdenes.
Martín de Tours
Martín, un soldado nacido en Panonia, el de la capa partida con un mendigo, fundó hacia el 361 en Ligugé, cerca de Poitiers, el primer monasterio de la Galia. Elegido obispo de Tours, siguió viviendo como monje en Marmoutier. Fue el santo más popular de la Galia merovingia.
Patricio
Patricio era un britano romano. De joven lo raptaron unos piratas irlandeses y pasó seis años como esclavo en la isla. Escapó, se hizo clérigo y volvió como obispo a evangelizar a sus antiguos amos. En Irlanda, sin ciudades romanas, la Iglesia se organizó en torno a los monasterios: los abades mandaban más que los obispos.
Benito y Montecasino
Benito de Nursia fue ermitaño en Subiaco antes de fundar, en lo alto de Montecasino, entre Roma y Nápoles, el monasterio para el que escribió su Regla. Setenta y tres capítulos que reparten el día entre oración, trabajo y lectura, con un abad vitalicio y la obligación de quedarse en el mismo monasterio toda la vida.
Iona y Lindisfarne
El irlandés Columba fundó en el 563 el monasterio de Iona, en una isla frente a Escocia, y desde allí evangelizó a los pictos. Desde Iona salió Aidán, que en el 635 fundó Lindisfarne, en Northumbria. Allí se pintarían, a comienzos del siglo VIII, los Evangelios de Lindisfarne.
Columbano
Hacia el 590, Columbano salió del monasterio de Bangor con doce compañeros. Fundó Luxeuil, en Borgoña, se enfrentó a los reyes francos y fue expulsado; uno de sus discípulos, Galo, se quedó junto al lago de Constanza. Columbano murió en el 615 en Bobbio, el monasterio que había fundado al norte de Italia.


El sentido común de san Benito
Casi todo lo que sabemos de Benito lo contó Gregorio Magno en sus Diálogos, medio siglo después, y está lleno de milagros. Su Regla, en cambio, es un texto sobrio. Pide moderación en el ayuno y en el sueño, reparte las horas entre el oficio divino, el trabajo y la lectura, y pone al frente a un abad elegido de por vida, al que todos deben obedecer. Frente a los rigores de los monjes irlandeses, era una regla para gente normal.
El famoso lema ora et labora, «reza y trabaja», no aparece en la Regla: es una fórmula muy posterior que la resume bien. Tampoco se impuso de golpe. Durante dos siglos convivió con otras, a menudo mezclada con la de Columbano, hasta que los carolingios la hicieron obligatoria en todos los monasterios de su imperio, en el 817. Los lombardos destruyeron Montecasino hacia el 580, y sus monjes se refugiaron en Roma, junto a Gregorio.
«La ociosidad es enemiga del alma.»Regla de san Benito, capítulo 48

Héroes para imitar
Su biógrafo, Sulpicio Severo, cuenta que Martín, todavía soldado, partió su capa con la espada para dar la mitad a un mendigo a las puertas de Amiens, y que esa noche soñó que el mendigo era Cristo. Las vidas de santos se convirtieron en el gran género de la Alta Edad Media. Ocuparon el lugar que habían tenido las actas de los mártires: se leían en voz alta para enseñar a los fieles cómo vivir.
Los guardianes de los libros
Mientras tanto, las dos mitades del viejo imperio dejaron de entenderse. En Oriente, el griego desplazó al latín, que a finales del siglo VI ya casi solo se usaba en el derecho; Heraclio lo convirtió en la lengua oficial del Estado. En Occidente, el latín hablado se fue separando del escrito: perdió las vocales largas, ganó artículos y preposiciones, y empezó a convertirse en las lenguas romances. Las escuelas públicas de gramática y retórica cerraron. Quien quería escribir buen latín tenía que aprenderlo casi como una lengua extranjera.
Los libros que han llegado hasta nosotros sobrevivieron, casi siempre, porque alguien los copió en un monasterio o en una escuela episcopal. Estos son algunos de los nombres que hicieron de puente.
Entre la muerte de Agustín (430) y el nacimiento de Beda (673) pasaron casi dos siglos y medio. En ese tiempo, la cultura escrita de Occidente se refugió en un puñado de bibliotecas.
Boecio · Italia
- Senador al servicio de Teodorico, tradujo al latín la lógica de Aristóteles. Encarcelado y ejecutado en el 524, escribió en prisión La consolación de la filosofía, uno de los libros más leídos de la Edad Media.
Casiodoro · Italia
- Ministro de los ostrogodos, se retiró a su monasterio de Vivario, en Calabria. Sus Instituciones enseñaban a los monjes qué leer y cómo copiarlo: el como deber religioso.
Isidoro · Hispania
- Obispo de Sevilla, quiso reunir en sus Etimologías todo el saber antiguo, de la gramática a la geografía. Se conservan cerca de un millar de manuscritos: fue la enciclopedia de la Edad Media.
Beda · Northumbria
- Monje de Jarrow, escribió en el 731 la Historia eclesiástica del pueblo inglés. Popularizó la cuenta de los años desde el nacimiento de Cristo, que había propuesto Dionisio el Exiguo en el 525, y que es la que usamos hoy.



Un libro para mil años
A finales del siglo IV, el papa Dámaso encargó a Jerónimo revisar las traducciones latinas de la Biblia, que circulaban llenas de errores. Jerónimo aprendió hebreo y tradujo casi todo el Antiguo Testamento desde el original. Su versión, la Vulgata, fue la Biblia de Occidente durante más de mil años. Y los monjes irlandeses y anglosajones la copiaron en libros que son, además, obras de arte: letras que se enroscan en espirales, animales entrelazados y colores que no se parecen a nada de lo que había en el continente.
Una fe, muchas iglesias
Entre el 313 y el 600, el cristianismo pasó de religión perseguida a columna vertebral de dos mundos. En Oriente se fundió con el imperio: el emperador convocaba los concilios y los monjes llenaban el desierto. En Occidente sobrevivió al imperio: el papa gobernaba Roma, los obispos gobernaban las ciudades y los monasterios guardaban los libros.
Por el camino se quedaron muchos. Arrianos, nestorianos, monofisitas, donatistas, priscilianistas. Algunos desaparecieron; otros siguen rezando hoy en Egipto, en Armenia, en Irak o en la India. La palabra «herejía» viene del griego hairesis, «elección». Durante estos siglos, la Iglesia decidió cuáles se podían hacer.
Roma perdió su imperio. Su Iglesia heredó el mapa.
Las fechas clave
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Doce palabras para entender la Iglesia antigua
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¿Cuánto recuerdas del viaje?
Cinco preguntas sobre lo que acabas de leer.