El imperio que no cayó
En el 476, Roma se quedó sin emperador. A mil quinientos kilómetros, en Constantinopla, la otra mitad del imperio siguió en pie, y aguantaría mil años más. Esta es la historia de sus dos primeros siglos: un emperador que quiso recuperarlo todo, una peste, una revuelta en un hipódromo y una guerra a muerte con el otro gran imperio de su tiempo, la Persia de los sasánidas.
Cuando hablamos de la caída de Roma solemos pensar en Occidente: los visigodos en Roma, Atila, Odoacro devolviendo las insignias. Pero para un habitante de Alejandría, de Antioquía o de Constantinopla, el Imperio romano no había caído en absoluto. Seguía cobrando impuestos, legislando, construyendo iglesias y librando guerras. Sus súbditos se llamaban a sí mismos romanos, aunque hablaran griego. Los historiadores llamarían a ese imperio bizantino, por Bizancio, el viejo nombre de su capital. Ellos nunca usaron esa palabra.
Durante estos dos siglos, el Imperio de Oriente se transformó por dentro: se hizo más griego, más cristiano y más oriental, y tuvo enfrente a un vecino tan poderoso como él.
La otra Roma
A la muerte de Teodosio, en el 395, sus hijos se repartieron el imperio. A Arcadio le tocó Oriente, y con él la parte más rica y poblada del mundo romano: los graneros de Egipto, las ciudades comerciales de Siria, las provincias de Anatolia y los Balcanes. Mientras los pueblos germánicos se desviaban hacia Occidente, Oriente disfrutó de una paz relativa que supo aprovechar.
Dos imperios
La división de Teodosio fue definitiva. Oriente tenía su propio emperador, su propio senado y su propia capital: Constantinopla, la nueva Roma que Constantino había fundado en el Bósforo.
Una ciudad inexpugnable
Bajo Teodosio II, la capital se rodeó de una triple línea de murallas por tierra. Resistieron asedios de hunos, ávaros, persas, árabes y búlgaros durante mil años, hasta los cañones otomanos de 1453.
Romanos que hablan griego
Teodosio II publicó el Código Teodosiano, que recopilaba las leyes imperiales desde Constantino. El latín seguía siendo la lengua del ejército y del derecho; el griego, la de la calle, la cultura y la Iglesia. Alejandría y Antioquía eran ciudades enormes, mucho mayores que cualquiera de Occidente.
Un solo emperador
Cuando Odoacro depuso al último emperador de Occidente, envió sus insignias a Zenón, en Constantinopla. En teoría, el imperio volvía a ser uno. En la práctica, Occidente ya era de los reinos germánicos.
El tesoro de Anastasio
El emperador Anastasio, un funcionario prudente, reforzó las defensas de la capital y reformó las finanzas. Según Procopio, dejó al morir unas 320.000 libras de oro. Con ese dinero se pagaría todo lo que vino después.
¿Quién hacía a un emperador? No había reglas fijas de sucesión. El candidato debía ser aclamado por el ejército, el senado y el pueblo de la capital, y desde León I, en el 457, era además coronado por el patriarca de Constantinopla: el poder del venía de Dios. En la práctica, mandaban a menudo los generales y las emperatrices. Ariadna, hija de León I, transmitió el trono a sus dos maridos, Zenón y Anastasio.
La religión era política. La gran disputa del siglo fue sobre la naturaleza de Cristo: los , fuertes en Egipto y Siria, defendían una sola naturaleza divina; el Concilio de Calcedonia (451), dos. Cada intento imperial de reconciliar a unos y otros enfadaba a alguien, a menudo al papa de Roma.

Seis kilómetros de piedra
Las murallas de Teodosio II cerraban la península de mar a mar: un foso inundable, un muro exterior y un muro interior de once metros con 96 torres. Ningún ejército las atravesó por tierra hasta 1453, cuando los cañones otomanos abrieron la brecha. Mientras resistieran, el imperio podía perderlo todo y volver a empezar.
Los emperadores de Oriente, 395–641
Justiniano reinó 38 años; Focas, que llegó al trono asesinando a su antecesor, ocho. No hubo una regla de sucesión: hubo aclamaciones, matrimonios y golpes.
Justiniano
En el 518 llegó al trono Justino, un soldado de origen campesino de los Balcanes que apenas sabía escribir. Su sobrino Justiniano, educado en Constantinopla, gobernó primero a su sombra y después, desde el 527, en solitario. Tenía una idea fija: la renovatio imperii, devolver al imperio el tamaño que había tenido en tiempos de los césares.
Un emperador con un plan
Justiniano heredó un imperio rico pero rodeado: los persas en el Éufrates, eslavos y búlgaros en el Danubio, y en Occidente, los reinos de vándalos, ostrogodos y visigodos sobre lo que había sido Roma.
La revuelta Niká
Las facciones del hipódromo, los , se unieron contra los impuestos al grito de ¡Niká!, ¡vence! Durante seis días ardió media ciudad. Justiniano preparó la huida; Teodora lo detuvo. Belisario encerró a los rebeldes en el hipódromo: según Procopio, murieron treinta mil.
África
El general Belisario desembarcó en África con un ejército pequeño y, en pocos meses, acabó con el reino vándalo de Gelimer. Cartago volvió a ser romana un siglo después de perderse.
Italia, veinte años de guerra
Belisario tomó Sicilia, entró en Nápoles por un acueducto y llegó a Roma. Pero los ostrogodos resistieron, sobre todo con el rey Totila, y la guerra duró casi veinte años. La terminó el eunuco Narsés. Italia quedó en ruinas.
Hasta Hispania
Aprovechando una guerra civil entre los visigodos, Atanagildo contra el rey Agila, una flota al mando de Liberio desembarcó en el sureste de la península. Cartagena y Málaga fueron durante setenta años la provincia bizantina de .
El Mediterráneo, casi romano
A la muerte de Justiniano, el imperio rodeaba de nuevo buena parte del Mediterráneo. Nunca volvería a ser tan grande. Tampoco tan pobre.




El corazón de la ciudad
En el hipódromo cabían unas cien mil personas, y el palco del emperador comunicaba directamente con el palacio. Era el único lugar donde el pueblo veía a su soberano y podía gritarle. Las carreras de carros enfrentaban a cuatro equipos heredados de Roma, cada uno con su color: blancos, rojos, azules y verdes. En tiempos de Justiniano solo contaban los dos últimos, que habían absorbido a los otros.
Las facciones eran mucho más que aficionados. Organizaban fiestas, vigilaban las murallas, tenían sus barrios y sus favoritos en la corte, y a veces sus propias bandas armadas. Normalmente se odiaban entre sí; en el 532, por una vez, se unieron.
«La púrpura es una buena mortaja.»Teodora, durante la revuelta Niká (532), según Procopio de Cesarea
La púrpura era el color reservado al emperador. Lo que Teodora vino a decir es que prefería morir siendo emperatriz que vivir en el exilio. Justiniano se quedó, y la revuelta fue aplastada. Lo que vino después fue su obra más duradera.
El Corpus Iuris Civilis
Justiniano encargó al jurista Triboniano poner orden en mil años de derecho romano. En pocos años salieron cuatro obras que, juntas, se conocen como . Cuando en el siglo XII los juristas de Bolonia lo redescubrieron, se convirtió en la base del derecho de media Europa. Todavía hoy se estudia en las facultades de Derecho.
Código · 529
- Las leyes de los emperadores, desde Adriano. Revisado en el 534.
Digesto · 533
- Las opiniones de los grandes juristas romanos, en 50 libros.
Instituciones · 533
- Un manual para estudiantes de Derecho.
Novelas
- Las leyes nuevas de Justiniano, ya muchas en griego.

Una cúpula que cuelga del cielo
Sobre las cenizas de la revuelta, Justiniano levantó la gran iglesia de Santa Sofía. La diseñaron dos matemáticos, Antemio de Tralles e Isidoro de Mileto, y se terminó en apenas cinco años. Su cúpula, apoyada sobre pechinas y rodeada de ventanas, parece flotar sobre la luz. Procopio escribió que no parecía apoyarse en la piedra, sino colgar del cielo con una cadena de oro.
Pero la gloria tenía un precio. Las guerras vaciaron el tesoro de Anastasio, y los impuestos asfixiaron a las provincias. En el 542 llegó a Constantinopla la peste, la primera gran pandemia conocida de la enfermedad, desde Egipto. Procopio describe miles de muertos al día. Las cifras se discuten, pero el golpe demográfico y económico fue enorme, y la epidemia volvió a rebrotar durante dos siglos.
Un imperio exhausto
Justiniano dejó un imperio enorme y agotado. Sus sucesores no tuvieron ni dinero ni soldados para defenderlo todo a la vez, y las fronteras empezaron a ceder por los dos extremos.
Los lombardos
Tres años después de la muerte de Justiniano, los lombardos cruzaron los Alpes desde Panonia y se quedaron con buena parte de Italia, con capital en Pavía. A Bizancio le quedaron Rávena, Roma, el sur y Sicilia.
Ávaros y eslavos
En el Danubio se instaló un pueblo de las estepas, los ávaros, que arrastraba consigo a tribus eslavas. Sirmio cayó en el 582 y los eslavos se asentaron en buena parte de los Balcanes y de Grecia.
Los exarcados
El emperador Mauricio creó los de Rávena y de Cartago: provincias donde un solo general reunía el poder civil y el militar. Fue el germen de los , la organización militar de Bizancio durante siglos.
Un asesinato y una excusa
El ejército del Danubio se sublevó, y un oficial llamado Focas asesinó a Mauricio y a sus hijos. El rey de Persia, Cosroes II, debía su trono a Mauricio, y se proclamó su vengador. Empezaba la última y más terrible guerra entre los dos imperios.
El rey de reyes
Al otro lado del Éufrates estaba el único imperio que Roma trató siempre como a un igual: Persia. Sus reyes se llamaban , y su capital, Ctesifonte, junto al Tigris, era una de las ciudades más grandes del mundo.
Los sasánidas
Ardashir, un señor de la región de Fars, derrotó al último rey de los partos y fundó una nueva dinastía, la de los sasánidas. Gobernaban un imperio urbano y bien administrado, de Mesopotamia a Asia Central.
Una frontera en disputa
Durante cuatro siglos, romanos y persas se enfrentaron por Armenia y Mesopotamia, con fortalezas a ambos lados de la frontera, como Dara. Alternaban guerras y tratados, y se pagaban tributos en oro.
Cosroes I saquea Antioquía
Cosroes I (531–579), contemporáneo de Justiniano, fue el gran rey sasánida: reformó los impuestos según la fertilidad de la tierra y, según la tradición, mandó traducir a Platón y Aristóteles. En el 540 saqueó Antioquía y deportó a sus habitantes a Persia.
Una paz pagada
Tras años de guerra, la llamada Paz de los Cincuenta Años obligó a Bizancio a pagar a Persia treinta mil monedas de oro al año. No duró ni diez.

Bizancio frente a Persia
Se odiaban y se parecían: dos monarquías sagradas, dos burocracias enormes, dos iglesias de Estado. Y una frontera que ninguno conseguía mover para siempre.
Capital
- Bizancio Constantinopla
- Persia Ctesifonte
Soberano
- Bizancio el basileus, elegido de Dios
- Persia el rey de reyes
Religión de Estado
- Bizancio cristianismo
- Persia
Moneda
- Bizancio el sólido de oro
- Persia el dracma de plata
Lenguas
- Bizancio griego, latín, siríaco, copto
- Persia persa medio, arameo
Minorías
- Bizancio monofisitas, judíos
- Persia cristianos nestorianos, judíos, maniqueos
Reyes en la roca y en la plata
Los sasánidas no dejaron mosaicos como los de Rávena, pero sí relieves enormes tallados en los acantilados de Persia y una vajilla de plata que se regalaba a reyes y embajadores. En los relieves de Naqsh-e Rostam, Sapor I aparece a caballo mientras un emperador romano se arrodilla ante él: Valeriano, capturado en el 260, setenta años antes de que se fundara Constantinopla. En los platos, el rey caza leones, carneros o ciervos: la caza era la forma de mostrar que el rey protegía el orden del mundo.


La última guerra
Con la excusa de vengar a Mauricio, Cosroes II lanzó la mayor ofensiva persa de la historia. La guerra duró veintiséis años y estuvo a punto de borrar a Bizancio del mapa.
Jerusalén y Egipto
Los persas tomaron Antioquía y Damasco. En el 614 entraron en Jerusalén y se llevaron a Ctesifonte la reliquia de la Vera Cruz. Después cayó Egipto, el granero de Constantinopla.
Constantinopla, cercada
Un ejército persa acampó en Calcedonia, al otro lado del Bósforo, mientras los ávaros y sus aliados eslavos asediaban la capital por tierra. Las murallas de Teodosio aguantaron, y la flota impidió que los dos ejércitos se unieran.
Heraclio, al corazón de Persia
El emperador Heraclio hizo lo impensable: en lugar de defenderse, atacó. Desde el Cáucaso bajó a Mesopotamia y en diciembre del 627 venció en Nínive. Cosroes II fue derrocado por sus propios nobles, y Persia devolvió todo lo conquistado, Vera Cruz incluida.
Un poder nuevo
Los dos imperios estaban exhaustos. Desde Arabia llegaron los ejércitos del nuevo Estado islámico. En el 636 vencieron a los bizantinos en el Yarmuk y a los persas en Qadisiya; poco después cayó Ctesifonte.
El fin de los sasánidas
El último rey de reyes, Yazdgard III, huyó hacia el este y murió asesinado cerca de Merv en el 651. Persia entera pasó al califato. Bizancio sobrevivió, pero sin Siria, Palestina ni Egipto.

El vencedor que nadie esperaba
Heraclio celebró su triunfo devolviendo la Vera Cruz a Jerusalén en el 630. Solo seis años después, sus ejércitos perdían esa misma ciudad, y para siempre, ante un enemigo que ni romanos ni persas habían tomado en serio. Bizancio se replegó sobre Anatolia, los Balcanes y el mar, y se convirtió en el imperio griego que duraría hasta 1453.
Un imperio que se transformó para no caer
Entre el 395 y el 651, el Imperio romano de Oriente perdió la mitad de sus provincias y casi todas sus conquistas en Occidente. Pero conservó lo esencial: una capital inexpugnable, un Estado capaz de cobrar impuestos y pagar ejércitos, una Iglesia y un derecho. Dejó de ser latino y se hizo griego; dejó de mirar a Roma y empezó a mirar a Oriente.
Persia, en cambio, desapareció como Estado. Pero su cultura, su administración y su idioma pasaron al mundo islámico, que los heredó y los multiplicó. La lucha entre los dos gigantes abrió la puerta a un tercero.
Dos imperios se agotaron luchando entre sí. Un tercero, que nadie esperaba, heredó el mundo.
Las fechas clave
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Doce palabras para entender Bizancio y Persia
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