¿Cómo cae un imperio?
Solemos imaginar la caída de Roma como un derrumbe repentino: un día, un imperio; al siguiente, ruinas. Fue más lento, más extraño y, en muchos sentidos, más interesante. Esta es la historia de doscientos años en los que Europa cambió de manos sin que casi nadie se diera cuenta.
Durante siglos se contó esta historia como una invasión: hordas de bárbaros que cruzan una frontera y arrasan una civilización. Los historiadores mediterráneos la siguen llamando así, invasiones bárbaras. Los centroeuropeos prefieren otra palabra, migraciones de pueblos (Völkerwanderung). La elección no es inocente. La primera pone el acento en la violencia; la segunda, en el movimiento de familias, ganado y carros que buscaban tierra.
Las dos tienen parte de razón. Para entender por qué, hay que empezar dentro del imperio, un siglo antes de que nadie cruzara el Rin.
Un imperio que se agrieta
En el siglo II, Roma vivía su apogeo. Bajo los Antoninos, un mismo derecho, una misma moneda y una red de calzadas unían Escocia con Egipto. La Constitutio Antoniniana de Caracalla (212) hizo ciudadanos a casi todos los hombres libres del imperio. Parecía la culminación; fue el último momento de calma.
Entre 235 y 284 llegó la llamada anarquía militar: medio centenar de años en los que los ejércitos pusieron y depusieron emperadores, a veces varios a la vez. Persas sasánidas en el este, germanos en el Rin y el Danubio, monedas cada vez con menos plata, ciudades que se amurallaban y se encogían. Ya los escritores latinos, de Séneca a Amiano Marcelino, hablaban de decadencia: gobernantes desidiosos, una población entregada al placer y demasiados pueblos extranjeros en las fronteras y dentro de ellas.
Del Atlántico al Éufrates
El imperio rodeaba el Mediterráneo entero, al que llamaba Mare Nostrum. Su frontera, el , seguía el Rin y el Danubio en Europa y el desierto en África y Oriente.
Diocleciano reparte el peso
Para gobernar algo tan grande, Diocleciano creó la tetrarquía (293): dos augustos y dos césares, cada uno con su capital (Nicomedia, Sirmio, Milán, Tréveris). Roma dejó de ser el centro del poder. También subió los impuestos y ató a cada uno a su oficio y a su tierra, un sistema casi de castas que frenó la crisis sin resolverla.
Una nueva Roma en el Bósforo
Constantino legalizó el cristianismo con el Edicto de Milán (313) y fundó Constantinopla, inaugurada en 330. Llevó allí a buena parte de las magistraturas: el centro de gravedad del imperio se desplazó hacia el este, más rico y más poblado.
El emperador abandona Roma
En Occidente la corte se instaló en Milán, mejor situada para vigilar los Alpes, y en 402 en Rávena, protegida por pantanos. Roma conservó el Senado y el prestigio, pero ya no el gobierno. Fue uno de los síntomas más claros de la crisis.
Dos imperios
Teodosio, el último emperador que gobernó todo el imperio, hizo del cristianismo la religión oficial (Edicto de Tesalónica, 380). A su muerte, en 395, sus hijos se lo repartieron: Arcadio en Oriente, Honorio en Occidente. La división fue ya definitiva.
Roma tuvo un millón de habitantes. Siglos después, quizá diez mil.
Cada punto equivale a 10.000 personas. En el siglo II, Roma era la mayor ciudad del mundo mediterráneo. Las guerras, el traslado de la corte y la ruina del abastecimiento la fueron vaciando. Los apuntes recogen una caída hasta unos diez mil habitantes; otras estimaciones la sitúan en unas pocas decenas de miles hacia el siglo VI. En cualquier caso, perdió más del 95 % de su población.


Mientras tanto, el ejército cambiaba por dentro. Los ciudadanos podían librarse del servicio militar pagando, y a los emperadores les convenía contratar tropas donde y cuando las necesitaban. Desde Constantino, y sobre todo con Teodosio, entraron en él pueblos enteros como : francos, godos, burgundios o sármatas que luchaban por Roma a cambio de tierras y pagas, bajo sus propios jefes.
Algunos de esos jefes llegaron a lo más alto. El vándalo Estilicón y, más tarde, Aecio fueron y decidieron quién gobernaba. Sin darse cuenta, Roma había puesto su suerte en manos de aquellos de quienes debía defenderse.
Al otro lado del limes
Bárbaro es una palabra griega. Al principio significaba simplemente «extranjero», el que balbucea una lengua que no se entiende, pero enseguida adquirió un sentido despectivo: salvajes que vivían en chozas, feroces y belicosos, frente a los disciplinados romanos. El historiador Tácito, en su Germania (98 d. C.), los describió con cierta admiración: costumbres sencillas, fidelidad conyugal, desprecio por los espectáculos. Unos romanos de los orígenes, sin corromper por la ciudad.
El problema es que casi todo lo que sabemos de ellos lo escribieron otros. Los germanos apenas dejaron más que inscripciones en runas. Las primeras historias propias llegaron mucho después: Beda el Venerable y Paulo Diácono en el siglo VIII, leyes escritas, el poema Beowulf. Hoy es la arqueología la que corrige la imagen que nos dejaron los autores clásicos.
Una frontera de ríos y torres
El limes estaba fortificado con torres y campamentos, pero en muchos tramos era fácil de atravesar: faltaban hombres y medios. Al otro lado había pueblos de todo tipo, algunos hostiles y otros aliados, y con un grado de «civilización» muy distinto entre ellos.
Pueblos del mar
En las costas del Mar del Norte vivían anglos y sajones; en Jutlandia y la desembocadura del Elba, jutos y frisones. En Britania y en Irlanda, pictos y escotos. Eran pueblos de la Edad del Hierro organizados en clanes, y sus incursiones asolaban las costas de Britania y la Galia.
Vecinos de la frontera
En la desembocadura del Rin vivían los francos; entre el Rin y el Danubio, los alamanes; en el Danubio Medio, cuados y marcomanos. Paganos, con una sociedad de guerreros y campesinos.
Pueblos con reyes
Más al este, junto al Elba y el Óder, estaban burgundios, vándalos y lombardos: mejor organizados, con reyes al frente, y muchos ya convertidos al cristianismo .
Los godos de las estepas
Tras el Danubio, en las llanuras de las actuales Rumanía y Ucrania, se habían asentado visigodos y ostrogodos. Junto a los alanos se convirtieron en expertos jinetes, y su contacto con Constantinopla los hizo los más romanizados de todos. Más lejos, dos vecinos de otro tipo: el poderoso Imperio persa en el Éufrates y los bereberes en África.
Los pueblos germánicos, por zonas
La religión importa: los romanos de Occidente eran católicos, y muchos germanos ARRIANOS, una diferencia que separó a vencedores y vencidos durante generaciones. Otros seguían siendo PAGANOS, devotos de Wotan y Thor.

Norte de Europa
- Anglos, sajones, jutos P → Britania
- Frisones P → costa del mar del Norte
Europa occidental
- Francos P → Galia; luego católicos
- Alamanes P → Alsacia y Suabia
Europa central
- Burgundios A → Saboya
- Vándalos A → Hispania y África
- Suevos P → Gallaecia
- Lombardos A → Italia (568)
- Cuados, marcomanos → Danubio
Europa oriental
- Visigodos A → Galia e Hispania
- Ostrogodos A → Italia
Estepas
- Alanos (iranios) → Hispania y África
- Hunos (nómadas de Asia) → Panonia
Fuera de Europa
- Persas sasánidas, capital Ctesifonte
- Bereberes, frontera africana
Los hunos lo empujan todo
Durante siglos, los pueblos del otro lado del limes convivieron con Roma: comerciaban con ella, le vendían esclavos y ámbar, servían en sus legiones. Fue un equilibrio inestable pero duradero. Lo rompió un pueblo venido de las estepas de Asia Central.
Los hunos eran nómadas que no cultivaban la tierra. Vivían en grandes tiendas de pieles y fieltro montadas sobre carros y eran jinetes extraordinarios, con una movilidad que las lentas legiones no podían igualar. Hacia el siglo IV se pusieron en marcha hacia el oeste, rodeando el Caspio por el norte.
Llegan los hunos
Cruzaron el Volga y el Don, sometieron a los alanos y los empujaron hacia el oeste. Un pueblo empujaba al siguiente como fichas de dominó.
Los godos piden refugio
Los hunos derrotaron a los ostrogodos. Los visigodos, aterrados, pidieron al emperador Valente permiso para cruzar el Danubio. En 376 pasaron a la Mesia, la actual Bulgaria, mediante un : nunca había entrado en el imperio un contingente tan grande.
Adrianópolis
Faltaron víveres y los gobernadores romanos abusaron de los recién llegados. Estallaron revueltas, y Valente salió a aplastarlas sin esperar los refuerzos de Graciano. Fue derrotado y murió en combate. Un emperador muerto a manos de un pueblo refugiado: el golpe fue inmenso.
Godos dentro del imperio
Teodosio negoció con ellos un nuevo tratado y los asentó en la Mesia como federados. Por primera vez, todo un pueblo con sus jefes y sus leyes vivía dentro de las fronteras al servicio de Roma.
Alarico marcha sobre Roma
Muerto Teodosio, el rey visigodo Alarico exigió el cargo de magister militum. Invadió Italia en 401 y fue rechazado por Estilicón. Pero Honorio hizo ejecutar a su propio general en 408 y huyó a Rávena. El camino quedó libre: el 24 de agosto de 410, Roma fue saqueada por primera vez en ocho siglos.
Hacia la Galia
Alarico murió poco después en el sur de Italia. Su sucesor, Ataúlfo, casado con Gala Placidia, hermana de Honorio, llevó a los visigodos a la Galia en 412. En 418 Roma los asentó en Aquitania: nació el reino de Tolosa.

«Si Roma puede perecer, ¿qué puede estar a salvo?»San Jerónimo, carta escrita desde Belén al conocer la noticia (412)
El saqueo duró tres días. Militarmente, fue poca cosa: Roma ya no era la capital. Pero el golpe moral fue enorme. Los paganos culparon al cristianismo de haber enfadado a los antiguos dioses. San Agustín respondió con La ciudad de Dios: Roma había sido grande mientras practicó las virtudes, y sus pecados le habían traído el castigo divino. Esa idea, la de un Dios que interviene en la historia, impregnaría toda la historiografía medieval.
Las grandes migraciones
Mientras Alarico ocupaba a Estilicón en Italia, el Rin quedó casi desguarnecido. La presión de los hunos había empujado a los alanos hacia las llanuras de Hungría, donde vivían los vándalos asdingos. Juntos avanzaron hacia el oeste, arrastrando a los vándalos silingos y a los suevos.
Cruzan el Rin
Vándalos, suevos y alanos atravesaron el Rin por Maguncia, defendida solo por francos federados. Durante casi tres años recorrieron y saquearon la Galia, una marcha lenta con mujeres, niños y ganado. En otoño de 409 cruzaron los Pirineos.
El reparto de Hispania
Tras pactar con el emperador, se repartieron la península. Suevos y vándalos asdingos, la Gallaecia; alanos, la Lusitania y la Cartaginense; vándalos silingos, la Bética. La Tarraconense siguió siendo romana. Los cronistas Orosio e Hidacio contaron las penalidades de la población hispana.
Roma usa a los godos
Como los pactos no se cumplían, el imperio encargó al rey visigodo Valia someter a los recién llegados. Aniquiló a silingos y alanos; los supervivientes se refugiaron en la Gallaecia. A cambio, en 418 los visigodos recibieron Aquitania, con capital en Tolosa.
Los vándalos saltan a África
Los vándalos y alanos de Gunderico tomaron la Bética y aprendieron a navegar. En mayo de 429, su sucesor Genserico cruzó el Estrecho con unas 80.000 personas, según Víctor de Vita. San Agustín murió en el asedio de Hipona (430). En 439 cayó Cartago: el primer reino germánico independiente, reconocido por Constantinopla en 474.
La Galia, repartida
Los francos salios se extendieron por Holanda y Bélgica, con capital en Tournai; los ripuarios, por el Rin Medio, en torno a Colonia. Fueron los únicos que nunca perdieron el contacto con su tierra de origen. Los burgundios, vencidos por Aecio en 436, se instalaron en Saboya en 443. Su derrota inspiró el poema épico Los Nibelungos.
Britania se queda sola
Las últimas tropas romanas dejaron la isla en 407. Pictos y escotos bajaron desde el norte y desde Irlanda; anglos, sajones y jutos desembarcaron en la costa oriental. Muchos bretones emigraron al continente, a la actual Bretaña francesa.
¿Invasión o migración?
Las cifras ayudan a decidir. Los pueblos que cruzaron el Rin o el Estrecho eran, como mucho, decenas de miles de personas, frente a varios millones de hispanorromanos y galorromanos. No sustituyeron a la población: se asentaron sobre ella, a menudo como que recibían parte de las tierras, y acabaron adoptando su latín, sus leyes y, con el tiempo, su religión.

Atila y el último emperador
A comienzos del siglo V, los hunos ya no eran un pueblo lejano. Se habían instalado en las llanuras de Ucrania y Rumanía, y hacia 405 entraron en Hungría. Muchos servían como mercenarios en el propio ejército romano.
Un rey en Panonia
Atila asesinó a su hermano Bleda y quedó como único rey. Su corte era internacional: tenía a su servicio germanos, griegos y romanos. Su secretario era Orestes, padre del futuro último emperador de Occidente; su embajador, Edecón, padre de Odoacro.
Los Campos Cataláunicos
Atila reclamó como esposa a Honoria, hermana del emperador, y con ella la mitad del imperio. En la primavera de 451 cruzó el Rin, tomó Metz y Reims y sitió Orleans. Aecio, con un ejército de federados en el que iban los visigodos de Teodoredo, lo detuvo en los Campos Cataláunicos, cerca de Troyes. Teodoredo murió en la batalla.
Italia, y el final
Al año siguiente Atila arrasó Aquilea y llegó a Milán y Pavía. El papa León Magno salió a su encuentro y obtuvo su retirada, a cambio de un gran tributo. Atila murió mientras dormía en 453. Su imperio se deshizo en luchas entre sus hijos, y los pueblos sometidos (gépidos, ostrogodos) recuperaron la libertad.
Un gesto administrativo
Valentiniano III, celoso de Aecio, lo mató con sus propias manos en 454; meses después lo asesinó un soldado de Aecio. Siguieron nueve emperadores en veintiún años. Hasta que el magister militum Odoacro depuso al joven Rómulo Augústulo en Rávena y, sin coronarse, envió las insignias imperiales a Zenón, en Constantinopla. Un solo emperador, en Oriente, bastaba.


Los últimos reinados de Occidente, 455–476
Entre 465 y 467 no hubo emperador en Occidente. Julio Nepote, depuesto en 475, siguió reclamando el título desde Dalmacia hasta su muerte en 480.
Los reinos que vinieron después
En 476 no se hundió nada de golpe. Las ciudades siguieron habitadas, los obispos siguieron en sus sedes y los funcionarios romanos siguieron cobrando impuestos, ahora para reyes germánicos. Lo que había cambiado era quién mandaba.
Un mapa nuevo
Visigodos en Hispania y Aquitania, suevos en la Gallaecia, francos en el norte de la Galia, burgundios en el Ródano, ostrogodos en Italia, vándalos en África y anglosajones en Britania. Solo Oriente seguía siendo el Imperio romano.
Vouillé
Clodoveo, rey de los francos, derrotó y mató a Alarico II en Vouillé, cerca de Poitiers. Los visigodos perdieron casi toda la Galia y se replegaron a Hispania, a la Tarraconense y la Bética. Sus mayores asentamientos, en Burgos, Palencia y Valladolid, han dejado necrópolis del siglo VI.
Teodorico en Rávena
Zenón envió a los ostrogodos de Teodorico a Italia contra Odoacro, al que mató en un banquete en 493. Teodorico admiraba Roma: dejó la administración en manos romanas, toleró a los católicos y llenó Rávena de palacios e iglesias. La historia lo llamó «el Grande».
Justiniano quiere recuperarlo todo
El emperador de Oriente envió a Belisario contra los vándalos, cuyo reino cayó en 534, y después contra los ostrogodos, en una guerra de veinte años que arruinó Italia. Los bizantinos se asentaron también en el sureste de Hispania.
Toledo y la unidad
Leovigildo unificó la península: incorporó el reino suevo (585) y recuperó parte de la Bética. Su hijo Recaredo se convirtió al catolicismo en el III Concilio de Toledo (589). Visigodos e hispanorromanos compartían por fin una misma fe.
Epílogo
El reino visigodo duró hasta 711, minado por el llamado «morbo gótico», la costumbre de asesinar al rey para ocupar el trono. Los francos, en cambio, unidos a la Iglesia desde el bautismo de Clodoveo, se convirtieron en la gran potencia de Occidente. De ellos saldría Carlomagno.


Una transformación, no un derrumbe
Mientras Britania perdía casi todo rastro romano y se dividía en los siete reinos de la Heptarquía (Kent de los jutos; Sussex, Essex y Wessex de los sajones; Anglia del Este, Mercia y Northumbria de los anglos), Irlanda, que nunca fue romana, se convertía con san Patricio en el gran foco del cristianismo. Sus monjes evangelizarían media Europa entre los siglos VI y VIII.
Es una de las paradojas del periodo: lo que parecía el fin de Roma fue también el principio de otra cosa. Los reinos germánicos heredaron el latín, el derecho, las ciudades y la Iglesia del imperio y los mezclaron con sus propias costumbres. De esa mezcla salió la Europa medieval.
Los bárbaros no destruyeron Europa. Solo la transformaron.
Las fechas clave
Pulsa una fecha para ver qué pasó.
Doce palabras para entender el fin de Roma
Pulsa cada palabra para descubrir qué significa.
¿Cuánto recuerdas del viaje?
Cinco preguntas sobre lo que acabas de leer.